lunes, 23 de abril de 2018

Paletería e insulto

El ayuntamiento de Madrid ha plantado 80 meninas chungas en el espacio público de la ciudad así, a lo tonto, para fastidiar.


Es verdaderamente agotador que no le dejen a Madrid respirar a gusto ni quince días: Cuando no hay un estorbo hay otro, cuando no hay una patochada hay otra. Pero es que además vale todo. No hay criterio, no hay valoración.

Que conste que para estas cosas me caen mejor la alcaldesa actual y su equipo que lo que ha habido antes, pero sigue prosperando el infantilismo cultural, la paletería y, lo que es peor, el insulto.


Sí, el insulto. Porque a la gente que se dedica al arte y al diseño no se la trata bien, apenas se le dan facilidades ni ayudas, y cuando se organiza un evento como este se invita a toreros, cantantes, actores... gente de la prensa del corazón que de pronto se arranca con esto porque al fin y al cabo para estas cosas todo el mundo tiene mucho talento, mucha originalidad y muy buen gusto, ¿no?1

viernes, 13 de abril de 2018

Gracias, Madrid

A David García-Asenjo y a Chema,
que me han proporcionado las
imágenes que ilustran esta entrada.

La revista Arquitectura, del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, cumple cien años. La exposición que se está haciendo durante estos días muestra las diversas orientaciones que ha tenido esta publicación tan prestigiosa a lo largo de su siglo de vida y, con ello, muestra también la historia de la arquitectura no solo madrileña, sino española e incluso mundial.

Es una revista muy importante. Quienes tenemos una cierta edad hemos conocido ya varias etapas con varios equipos directores, siempre en un muy alto nivel. La revista es un referente no solo dentro de su ámbito colegial (la provincia de Madrid).

Pero, aparte de su clara vocación cultural, vanguardista, de debate, etc., es (o debería ser) una revista profesional. Y digo "profesional", si queréis, incluso en la acepción más cutre y rutinaria del término.

Porque no debemos perder de vista una cosa: La profesión de arquitecto (al menos en su forma clásica de profesional liberal) ha de ejercerse obligatoriamente bajo colegiación. El colegio de arquitectos es nuestro garante, nuestra fuerza, nuestra defensa, pero también es nuestro chulo.
Un buen chulo le defiende a uno, le ayuda a cobrar, le protege, pero uno malo te saca los cuartos y te deja tirado. Esto da para otra entrada. Hoy no toca.

A lo que quería ir es que el arquitecto debe colegiarse a la fuerza, y el colegiado madrileño con su cuota obligatoria está pagando también su suscripción a la revista Arquitectura. Esta revista trata al arquitecto como al artista de vanguardia que se supone que es y le estimula con propuestas superferolíticas. Eso está bien: Ser arquitecto es algo más que dedicarse a sobrevivir ejerciendo una profesión cada vez más evanescente y zurrada. Ser arquitecto es rozar el cielo (o algo así: yo ya no sé). Y la revista no va a dedicarse a cosas triviales como de revista de colegio profesional. Qué risa: como esas revistas de colegios anodinos de profesionales más anodinos aún que te hablan de cómo hacer la declaración de la renta, y de normativa, y te dan noticias técnicas, de materiales, etcétera.

No, no. La cojorrevista del cojocolegio madrileño te dice cosas como estas:

Clicad si tenéis lo que hay que tener y lo veréis más grande

El arquitecto madrileño que paga religiosamente sus cuotas y que está más que preocupado porque ya no sabe cuánto pedir por una ITE o por un CEE porque no se come una rosca recibe periódicamente en su casa este estupendismo obsceno.




Un diseño muy al desgaire, muy de cuidadoso descuido, muy avanzado. Es que somos arquitectos, coño. A ver si vamos a querer parecer yo qué sé: gente sensata y aburrida.

Vale: El diseño es incómodo. Está hecho para ser ilegible. No lo vamos a poner cómodo ni asequible, coño, que somos arquitectos.
Sí, el diseño es duro. Muy duro. Pero al fin y al cabo eso es solo la apariencia. Lo que importa es el contenido, el fondo. Lo que importa son las ideas. Así que tomad un botón de muestra:


Ah. Esto ya es otra cosa. ¿Lo habéis leído? Pues leedlo otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra.
¿Ya os habéis empapado? Pues insistamos. Os lo transcribo. Leedlo otra vez:

Los diferentes estados de la energía no prejuician cualidades arquitectónicas, la construcción es deudora de un tipo, la creativa de otro. Un estado, una acción o una disposición son oportunidades de experimentación que determinan presencias o apariencias.

Yo confieso que lo he leído diecisiete veces, y aparte de errores léxicos, de concordancias y de puntuación (o a lo mejor precisamente por eso) no sé lo que pone.

A lo mejor es que no lo leo bien. Voy a probar otra vez.

LOS DIFERENTES ESTADOS DE LA ENERGÍA NO PREJUICIAN CUALIDADES ARQUITECTÓNICAS, LA CONSTRUCCIÓN ES DEUDORA DE UN TIPO, LA CREATIVA DE OTRO. UN ESTADO, UNA ACCIÓN O UNA DISPOSICIÓN SON OPORTUNIDADES DE EXPERIMENTACIÓN QUE DETERMINAN PRESENCIAS O APARIENCIAS.


lunes, 9 de abril de 2018

Para una nueva crítica

[Nota previa.- Todos los ejemplos de Trip Advisor han sido tomados de El Barroquista, a quien agradezco mucho su labor de selección (tiene bastantes más) y su llamada de atención].


El otro día escribí que el Panteón de Roma es (para mí) uno de los motivos por los que merece la pena vivir.
No hace falta decir que otras personas tendrán otros motivos, y también que a la mayoría les gustará pero no será para tanto como para justificar su vida. Y finalmente, sí, amigos, he de reconocer que a algunos no les gusta nada.


Claro, que uno se pregunta, como siempre, cuánto vale el mero "me gusta" y el mero "no me gusta", y si no habrá algún criterio más objetivo.
Pues parece que no. Parece que de lo que se trata es, precisamente, de dar opiniones subjetivas, que son las que valen porque la opinión de cada uno es soberana y, lo que es más importante, es libre e insobornable.
Tanto es así que la Nueva Escuela Epistemológica (Trip Advisor), que empezó ofreciéndonos críticas sinceras y valientes sobre hoteles y restaurantes, ha ampliado su campo (era necesario) y se ha extendido a museos, monumentos y obras de arte en general siguiendo su aclamado y afamado estilo amítúnomeengañas, puesmenudosoyyo, y veteareírtedetupasteleramadre.

¿El Panteón de Roma? Deprimente. No vale la pena visitarlo. Está muy a mal traer (¿?) oscuro y poco referente. Esperaba algo más bonito.

(Clicad esta y las siguientes capturas para verlas más grandes y poder leerlas)

No me extraña que de 1 a 5 le pongan un 1. (Cero no se pude poner. Lo mínimo es uno. Uno. O sea, lo peor de lo peor. Peor que ir de turismo a un desguace o a un basurero).
¿Poco referente? Ahí la llevas.
Y sí. Es oscuro. Y eso que se han dejado un bujero en to lo alto.


Un agujero porque la gente antigua llevaba mohair bajo la ropa y los pies llenos de hongos fermentados, y eso hacía que no sintieran el frío y qué sé yo qué más. Pero ahora la gente se moja cuando llueve y eso no está ni medio bien. ¿Qué mierda de edificio es ese que deja pasar el agua de lluvia? Podéis ahorraros el sofocón de ir a verlo si hacéis un agujero en un cartón negro y miráis el cielo a través de él. Y además así no os mojáis.

lunes, 2 de abril de 2018

El grano de Plutón

A Ekain Jiménez Valencia, que me ha contado
lo del grano de Plutón, me ha pasado las fotos
del grano y me ha hecho así más de media entrada.


Parece que mucha gente se ha puesto de acuerdo en elogiar el arte de Gian Lorenzo Bernini comentando esta foto:


Últimamente la veo por todas partes. La gente se hace cruces de la maravilla que supone hacer que el frío y duro mármol parezca carne. Mirad cómo presionan los dedos de Plutón en el muslo de Proserpina. La verdad es que es impresionante.
Sin embargo, a mí eso no me parece que sea la quintaesencia y la razón de ser del arte, como dicen todos. No le quito mérito, naturalmente que no -¿cómo se lo podría quitar?- pero me parece que eso se ha llamado siempre "oficio". No es fácil, claro que no, pero se aprende.
Ya hablé de eso aquí, así que no voy a repetirme ahora.

Esta escultura, El rapto de Proserpina, es muy buena. Está muy bien, naturalmente que por las texturas que logra su autor, pero tanto o más por la composición, por el movimiento contenido y vibrante, por las tensiones enfrentadas... En fin.


El arquitecto vitoriano Ekain Jiménez estaba hace poco en la Galería Borghese de Roma y se quedó mirando atentamente esta magnífica estatua. Siendo él un gran dibujante imagino que miraría detalles, proporciones... De pronto, por la parte trasera de la estatua, la menos vista, atendida y fotografiada, le pareció ver...




Ekain Jiménez. Serie Aproximación al grano, pixel sobre pantalla

¡Un grano! ¡Una verruga! ¡Un angioma  rubí (o beso de ángel)!

jueves, 29 de marzo de 2018

Los clones

El periódico EL PAÍS ha publicado un reportaje en el que denuncia que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha clonó un polideportivo y lo reprodujo más de cien veces sin que su autor lo supiera.


Por favor: Antes de seguir leyendo esta entrada leed el reportaje. Clicad aquí.

Sí. Me espero. Leedlo sin prisa.

¿Ya lo habéis leído? Pues sigamos.

El reportaje, que sobre ser de denuncia también es un poco de recochineo hacia los castellano-manchegos (sí, amigos: Don Quijote, los molinos, lo paletos que son los alcaldes...), es -a mi juicio- pésimo, y de un amarillismo y de una mala calidad periodística antológicos.
(¿Y lo de la burbuja inmobiliaria a qué viene?).

Si el autor del libelo se hubiera tomado la molestia de preguntar a los técnicos de la Consejería de Educación, Cultura y Deportes de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha y de informarse bien (y de ser crítico con ellos; no quiero decir que les hiciera la ola) habría tenido bastante material para hacer un buen reportaje, muy interesante y aleccionador, de una de las actuaciones de las que más orgulloso se ha sentido durante años (y con razón) el gobierno de Castilla-La Mancha.

domingo, 25 de marzo de 2018

Merece la pena

Cuando un profano como yo se quiere poner filosófico sin estar formado en filosofía suele decir muchas perogrulladas y cursilerías pensando que está diciendo algo interesante.
Soy consciente de ello, pero aun así me atrevo a escribir sin pudor una sensación que he tenido muy intensamente. A ver si la sé explicar:
Siempre, desde niño, le he tenido mucho miedo a la muerte, un miedo angustioso. Ahora lo voy controlando un poco más, y solo aspiro a que, si ninguna enfermedad ni accidente se me cruzan antes, llegue el momento en que sea lo suficientemente viejo y equilibrado (y también cansado y lúcido) como para pensar en ella con serenidad y con paz, o tal vez para que ya me importe todo una porra.

Lo angustioso es pensar que la muerte termina con todas las posibilidades, con todas las opciones, y las aplasta con la losa de lo ya irrefutable e incorregible. Quiero decir, por ejemplo, que nunca me he tirado en paracaídas y creo que nunca se me ocurrirá hacerlo, pero es algo que está ahí, a mi disposición. Es una posibilidad abierta. ¿Quién me dice que tal vez algún día...? Tampoco conozco Uagadugú (Burkina Faso), ni he leído el Yajurveda (ni tampoco, ya puestos, Mis bodas reales), ni he asistido a una función de kabuki (ni al certamen internacional de tunas "Cazorla Pueblo"), ni he probado el caviar iraní (ni los saltamontes fritos). Pero todo eso está ahí, y tal vez el día menos pensado los disfrute o los sufra. ¿Quién sabe?
Cualquier día puedo empezar a estudiar ruso, o apuntarme a un club cicloturista, o comprarme un sombrero. ¿Por qué no? Todo es posible. Todo está disponible. Todo puede ocurrir.

Pero la muerte quita todas esas opciones, echa el cierre y acaba con los sueños de "tal vez algún día..." y de "ya veréis cuando yo..." No; ya nada. Esto fue lo que fue. Se acabó. Hasta aquí hemos llegado.
Libros que nunca leeré. Cosas que nunca haré. Películas que nunca veré. Países que no visitaré. Gente que no conoceré.

Perdonadme las perogrulladas y las tonterías, ya digo(1). Estoy soltando una obviedad tras otra, ya lo sé.

lunes, 19 de marzo de 2018

Arquitectura del siglo veintiuno

A Eduardo Almalé y a todos mis
amigos pisacharcos de twitter.

El otro día mi amigo tuitero Eduardo Almalé, siempre polémico y activo, dijo que hay consenso en que los tres grandes arquitectos del S. XX fueron Frank Lloyd Wright, Le Corbusier y Mies van der Rohe, y puso sobre la mesa la cuestión de quiénes serán los del S. XXI.

Algunos se atrevieron a proponer varias ternas y yo dije que estamos tan solo en 2018, y me pregunté qué terna habrían propuesto los arquitectos en 1918 para elegir a los más grandes del S. XX. Obviamente, ni Le Corbusier ni Mies habían hecho aún nada interesante, y Wright, aunque ya era conocido, no creo yo que suscitara por entonces los entusiasmos mayoritarios. Seguramente los arquitectos de la época habrían elegido a sus compañeros modernistas o neoclasicistas más rimbombantes, y habrían creído que esa iba a ser la arquitectura característica del siglo XX, sin tener la más vaga intuición de lo que iba a pasar.

En 1918 ya llevaba un año fundado De Stijl en Holanda, pero aún no era conocido ni había causado ningún efecto apreciable. La Bauhaus aún no existía. Los rusos estaban en plena revolución... ¿Quién podría imaginar lo que venía?

Me gustaría que terminara alguna vez este largo período manierista que vivimos en este ya tan largo fin de siglo, y que hubiera un nuevo florecimiento bajo algunas ideas que no soy capaz de intuir ni de imaginar, pero a menudo dudo de que eso vaya a ocurrir y más bien espero resignado que esta decadencia remate finalmente en un plof.

Como soy un pisacharcos y me gusta opinar más que a un cartero doblar una revista, en ese debate tuitero se me ocurrió decir a modo de boutade (pero no tan boutade) que tal vez el XXI sea el siglo de la esperada desaparición de la arquitectura.
No digo deseada. Digo esperada.
Y ahora me toca defender esa tontería que dije.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Defensa del asqueroso

Acabamos de tener noticia de que cinco mujeres han denunciado al gran arquitecto -sí, gran arquitecto- Richard Meier por acoso sexual.

Son cinco mujeres con distintas circunstancias, y denuncian separadamente cinco acciones diferentes en distintas épocas. Todo hace pensar, en principio, por lo tanto, que dicen la verdad. Incluso el estudio de Meier ya indemnizó a una de ellas y le pagó por su silencio parcial y ha pedido disculpas, farfullando tan solo (ay, qué vergüenza) que algunas cosas que las víctimas han dicho no fueron exactamente así. O sea. Ya te digo. Y el cerdo ha dicho que se toma seis meses de vacaciones para esconderse y esperar que pase el chaparrón.

Nos hemos quedado todos perplejos porque admirábamos al tío asqueroso.

Un cerdo, un abusador, un acosador, un cobarde, un mierda. Y un gran arquitecto.

Nos quedamos sin palabras, porque es algo horrible. Y además yo no le veo el sentido. No lo puedo entender. Se supone que un arquitecto brillante, con mucho talento, y bien plantado (ahora es un viejo hinchado, pero hay denuncias de hechos ocurridos hace treinta años), debería tener recursos, cultura, simpatía, atractivo y personalidad suficientes como para ligar limpiamente y para actuar como un hombre. Pero se ve que es más directo y más cómodo abusar del poder, de la posición. ¿Hay algo más asqueroso que el jefe acosando a una empleada y abusando de ella? ¿Qué piensa ese miserable que es una mujer? ¿Qué se imagina que es una mujer?

Qué bazofia. Qué prepotencia y qué atropello. ¿Cómo alguien tan sutil y tan sofisticado, puede pensar que una mujer es tan solo un objeto para su uso y disfrute? Y al revés: ¿Cómo alguien tan zafio, tan repugnante, tan plano, tan saco de carne, grasa y pus puede crear unas obras tan extraordinarias?

Me da asco solo pensarlo. Y qué ridículos los numeritos que al parecer se montaba. Qué patético monigote. Qué cerdo.

viernes, 9 de marzo de 2018

El vulgar Pritzker

A todos estos amigos cultos e inteligentes:
por lo que más adelante digo.


El otro día se ha concedido, como cada año, el premio Pritzker. Y una vez más hemos oído cómo lo llamaban "el Nobel de la arquitectura". Y un año más algunos (los más "listos") hemos sonreído con suficiencia.

Pero tengo que reconocer que el año pasado me gustó mucho que se lo dieran a RCR, y que este me he quedado boquiabierto porque jamás había oído hablar de Balkrishna Doshi.

En seguida nos informó en twitter el siempre avisado y erudito Rodrigo Almonacid de que ya en el Benevolo y en el Curtis (dos de las biblias sobre la historia de la arquitectura moderna) aparece Doshi desde ediciones antiguas. Cotejo las mías (soy un antiguo) y viene. Inmediatamente David García-Asenjo, otro joven sabio, nos instruye con este artículo y Ekain Jiménez busca y publica en twitter las fotos con las que ilustro esta entrada, y las acompaña de muy serios y justos (y elogiosos) comentarios a la trayectoria de este arquitecto desconocido minuciosamente por mí hasta ahora




Pero quien me ha animado a escribir esta entrada ha sido Jaume Prat con este artículo en el blog de la Fundación Arquia.
Me ha dejado con el culo al aire. A mí, que me he reído siempre con desdén, como tantos arquitectos, del premio y de su banalidad y de su frivolidad.

Aparte de que el premio de marras haya acertado muchas veces a ser concedido a arquitectos magistrales y de que se haya equivocado (a mi juicio) otras muchas, es cierto que por un día la arquitectura sale en todos los noticiarios de la tele, en todos los periódicos y en todas las emisoras de radio, y, por un día, parece incluso una actividad decente y estimable, y los arquitectos, así, en general y como colectivo, parecemos seres dignos de respeto y aun de aprecio.

miércoles, 7 de marzo de 2018

De fama mundial

Perdón, perdón, perdón.

Acabo de publicar esta entrada indignándome por un supuesto concurso de arquitectura para diseñar las marquesinas de autobús de Bilbao que no es tal, sino un concurso de fabricación de esas marquesinas.

Una vez que me lo han dicho me he quedado rojo de vergüenza.

Lo que he escrito no tiene corrección posible, ni matización (y eso que tenía un par de frases ingeniosas).

Lo siento mucho. Lo único que puedo hacer es borrar esta entrada.

Dejo aquí este testimonio de mi poco rigor.

Perdonadme quienes seguís este blog, pero ya digo que no tenía forma de arreglar lo que había escrito.

(Vaya cagada).

viernes, 2 de marzo de 2018

Arte en venta

(A Mapila)

La galería Guillermo de Osma, de Madrid, expone (y vende) hasta el día 25 de marzo una interesante muestra de la obra en papel de Le Corbusier. También tiene algún mueble.
En estos días de furor por la feria ARCO, donde, como cada año, todos los medios de comunicación muestran entre indignación y cachondeo por los precios de ciertas mamarrachadas, me acerco a ver los dibujos del Corbu con la pringosidad morbosa de saber que si tuviera el capital necesario los podría comprar. No sé cómo decirlo, pero eso le da un toque pornográfico a mi visita, que no puede ser tan desinteresada como la que haría a un museo, sino muy venal y guarrona. Vamos, como si fuera al carrefour.
Tengo pensado entrar como un señor, dar una primera pasada ligera y preguntar después los precios con aplomo. (Nunca están a la vista; en eso hay aún una especie de distancia pudorosa respecto a los productos exhibidos en el mencionado centro comercial).

Sí, tengo pensado comportarme con gran dignidad, que me tomen por un coleccionista, pero no puedo empezar peor, o cagarla más temprano. En Madrid llueve sin parar y accedo a la galería con el plumas empapado y además con una bolsa de plástico (¡una bolsa de plástico!) que chorrea. No hay perchas, ni repisas, ni nada, así que dejo discretamente mis cosas mojadas en el suelo, en un rincón. La empleada de la galería viene corriendo porque he apoyado ligeramente la bolsa en una especie de cajonera de madera (de la galería, no del Corbu) que se va a estropear con la humedad.
Me deshago en excusas y empiezo a ver las obras del Corbu como el gañán impresentable que siempre he sido. (Hay gente que transmite ligereza y elegancia, y otros que somos patosos sin descanso).

Le Corbusier es un pintor estimable, pero siempre me pregunto si su obra plástica sería tan apreciada si no se apoyara en su inmensa fama como arquitecto.
También me pregunto si sus ingresos como artista plástico eran importantes respecto a los que tenía como arquitecto y, una cosa que se debería contar siempre en las biografías, qué patrimonio alcanzó a poseer en vida. (Vamos, que si ganaba bien).

Como ahora la calidad artística parece que consiste exclusivamente en los precios de las obras, voy a hacer un somero análisis de esta exposición desde ese punto de vista.

Se exponen veintidós obras en papel, dos sillones y una mesa. (El catálogo presenta también un conjunto de catre, mesa y estanterías que no he visto. Me doy cuenta ahora. Tal vez estaban en otra habitación y no he reparado en ello).

Después de dar la primera pasada pregunto -en voz muy baja y aplomada- los precios de los números 12 y 16, y me sacan de un cajón la lista metida en una funda de polipropileno. La examino cuidadosamente y me doy una segunda vuelta con ella en la mano.
Los precios van desde 24.000 € a 225.000 € (IVA incluido). La gran mayoría no llegan a los 100.000 €.
Me congratula mi buen ojo, porque uno de los dos que he elegido, el nº 12, es el segundo más caro de la muestra. Pero también es de los más grandes, y eso es evidente: En general los más caros son los mayores. Lo interesante sería elegir el más caro intrínsecamente, es decir, el de mayor precio por centímetro cuadrado.

(El más barato de la lista, Nacimiento de Minotauro, 24.000 €, ni está expuesto ni aparece en el catálogo. Pues vaya).

Me paro ante el nº 15 porque me gusta mucho: Taureau, 1952. Es un boceto con lápices y tinta sobre papel. Firmado. 21 x 33 cm2 (prácticamente un A4). 33.000 €. 47,62 €/cm2.

Le Corbusier, Taureau, 1952

lunes, 26 de febrero de 2018

Las ciudades inservibles

El otro día quise escribir sobre Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y al final no dije nada del libro. Voy a intentarlo hoy.

Italo Calvino ni era arquitecto ni escribió Las ciudades invisibles pensando en los arquitectos, pero nosotros -los estudiantes de arquitectura- lo acogimos con entusiasmo, como un libro sagrado. (Bueno: A la vista de lo que conté se ve que mi entusiasmo fue relativo).

Italo Calvino

Es un libro muy bello y muy bien escrito. Está formado por las descripciones (de una o dos páginas cada una) de un amplio censo de ciudades con nombres de mujer. Cada descripción presenta un despliegue de alegorías verdaderamente apabullante. Todas las ciudades son hermosas, todas son misteriosas, todas son mágicas.

Y todas son sugerentes para arquitectos y para ilustradores.

Karina Puente Frantzen, arquitecta e ilustradora peruana,
se ha propuesto ilustrar todas las ciudades invisibles.
Esta es Zaira.

La primera del libro es Diomira, ciudad que tiene sesenta cúpulas de plata y las calles pavimentadas de estaño. Luego viene Isidora, cuyos palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracoles marinos. Después Dorotea, con cuatro torres de aluminio, siete puertas del puente levadizo, cuatro verdes canales... Y así hasta cincuenta y cinco ciudades. Pero no son solo puentes, cúpulas, pasadizos, torres y murallas: Son la vejez, la soledad, los recuerdos, la ocultación, la amistad, el deseo, la mentira... Y de vez en cuando algún entreacto entre Marco Polo y Kublai Kan.

lunes, 19 de febrero de 2018

Las ciudades imposibles

El otro día algunos amigos (arquitectos, naturalmente) han hecho en twitter una (enésima) evocación/recomendación del famoso libro Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y la espinita que llevo clavada desde hace treinta y tantos años ha vuelto a punzarme: Yo, que me terminaba todos los libros por arduos que fueran y que fui capaz de leer todo lo que cayera en mis manos, no terminé Las ciudades invisibles.

Subo al altillo a buscar el libro y lo encuentro a la primera. (Y eso que ha sufrido dos mudanzas en estas tres décadas). Chapeau por mi desorden ordenado. Es este:


Edición de Minotauro, Barcelona, mayo de 1983. Traducido por Aurora Bernárdez. En la guarda escribí "Septiembre 1983" y mi nombre. Suelo poner dónde compré cada libro, o quién me lo regaló, pero aquí no dice nada. Bueno, la fecha, que no es poco. Tenía veintitrés años y estaba en quinto curso de arquitectura. Sí: recuerdo con una media sonrisa que este era un libro obligado más o menos a esa altura de carrera.

Lo abro y veo, incrédulo, que la señal -un billete de metro del día seis de septiembre de 1983- está en la página 169, a solo siete del final. ¿Cómo pude dejar la lectura ahí, a diez minutos de terminar el libro?


La señal marca el comienzo del capítulo "Las ciudades ocultas. 4" (dos páginas). Luego viene "Las ciudades ocultas. 5" (tres páginas. Bueno, dos páginas y cinco líneas); y por último un colofón (dos páginas. Bueno, una y media).

Veo que el reverso del billete tiene algo escrito y no reconozco mi letra. Me recuerda más a la de mi hermano. Pero no: Es la mía. Era la mía a los veintitrés años.


Pone:

1.- Árbol para esperar a Godot y, si llega el caso, suicidarse.
2.- Paseo caleidoscópico.

Lo leo y me doy mucha vergüenza retrospectiva. Y también mucha ternura. (Pero sobre todo vergüenza. Ay, qué estupendito era yo entonces). ¿Qué querría decir? No tengo la menor idea. Alguna buena ocurrencia para un proyecto o para un cuento. ¿Quién sabe? Yo era muy sesudo en mis proyectos. Y escribía cuentos. Era todo muy yatúsabeh. En fin.

Leo las siete páginas que me faltaban y termino así una tarea que quedó interrumpida y pendiente hace treinta y cuatro años y medio. Me quito la espina. Ya era hora. Misión cumplida. Al fin terminé el libro.

¿Y?

viernes, 16 de febrero de 2018

Simetría y no sé si física cuántica (y II)

Podríamos resumir de esta manera lo que hemos dicho en la entrada anterior: Nos movemos entre una asimetría íntima y una simetría pública.

La intimidad de la habitación humana es asimétrica, y el espacio público es simétrico. Pero también cuando alguien quiere hacerse un casoplón para impresionar a los vecinos o a los viandantes -es decir, para hacerlo público- es frecuente que lo diseñe con simetría especular, aunque para ello tenga que hacer una de dos: O darle al baño la misma ventana que al comedor o hacer dos baños y dos comedores simétricos. Por supuesto que ambas cosas de una manera innecesaria; tan solo por aparentar.

A nadie se le ocurre hacerse una casa así para estar a gusto y disfrutar.
El status, la dignidad ante terceros, la obligación de dar envidia
son cargas muy pesadas y muy duras. Hay que sufrir mucho
y aburrirse mucho -y renunciar a la intimidad- para mantener el listón tan alto.

Es el debate, del que ya hablamos, de la intimidad frente a la apariencia. Muchos -los simetristas- tienen la necesidad de aparentar en su vida privada, que de alguna forma deja de serlo para hacerse pública(1)(2). Y, desde luego, los edificios públicos tienen la obligación de anunciar su función y, por ello, de aparentarla.

sábado, 10 de febrero de 2018

Simetría y no sé si física cuántica (I)

La simetría -en un sentido amplio- es la correspondencia entre las partes de un todo. Dicho así, podemos entenderla como algo orgánico, funcional y dinámico. Pero habitualmente solo tomamos como simetría una de entre todas las posibles: la especular.

Los animales tenemos simetría especular

La simetría especular, como caso particular (y el más extendido) de la simetría, nos sugiere cosas muy distintas a las que hemos dicho antes: rigidez, estatismo...

Los animales tenemos simetría especular. Los coches, los barcos y los aviones también. Parece obvio que para correr, nadar y volar es mejor ser simétrico que no serlo. Y sin embargo se me ocurren dos observaciones que no sé si llevan a algún sitio:
La primera es que los animales somos simétricos para andar, nadar o volar y sin embargo para poder hacer esas cosas tenemos que romper nuestra simetría. Si nos quedamos simétricos no nos movemos. Es la rotura momentánea de la simetría la que permite el movimiento, aunque luego se conserve y optimice gracias a ella.
La segunda es que los animales, los coches, los barcos y los aviones, somos simétricos por fuera y asimétricos por dentro. Las vísceras (hígado, páncreas, intestinos, bazo, corazón) no son simétricas. El interior del capó de un coche tampoco lo es. Llama la atención que un interior asimétrico se cierre con una cáscara simétrica.

Interior asimétrico para exterior simétrico

Se me ocurre pensar que la vida, lo orgánico, y también la función, se basan en una simetría exterior, aparente, y una asimetría interior, íntima. Ya sé que esto que pienso es una tontería, pero es lo que me sale. (De donde no hay no se puede sacar).

Y enlazo eso con las arquitecturas de Frank Lloyd Wright y de Sáenz de Oiza. Wright odiaba cordialmente la simetría porque era sobre todo un arquitecto de casas, y en una casa la simetría es una mala elección de diseño. Bueno: Me refiero a la rígida simetría especular.

La simetría especular te obliga a hacer cosas bastante raras. Si es una simetría perfecta, como en la Villa Rotonda de Palladio, te obliga a hacer cuatro pórticos, cuatro escaleras interiores, cuatro salones, cuatro gabinetes... Un disparate(1).

Andrea Palladio, planta baja de la Villa Capra (la Rotonda), Vicenza, 1566-1570

Y si es de simetría especular aparente para dar imagen al exterior pero asimétrica por dentro te obliga a que la cocina tenga la misma ventana que el salón, el baño la misma terraza que un dormitorio, y cosas así. Otro disparate.

sábado, 3 de febrero de 2018

Humani nihil...

Homo sum, humani nihil a me alienum puto.
(Terencio)

El dramaturgo romano Publio Terencio Africano lo escribió en su obra Heautontimorumenos (toma ya): "Soy hombre: Nada humano me es ajeno". Cierto: Somos personas, y aunque no practiquemos la avaricia, la corrupción, el tenis o la numismática (yo sí) podemos llegar a imaginar esas pasiones. Podemos hacer un esfuerzo de abstracción y entender qué es torear, qué es pescar en alta mar, qué es retarse a florete... Nada humano nos es ajeno porque somos capaces de entender a las personas.
Podemos comprender cualquier vicio o debilidad humana aunque nos repugne éticamente, y podemos comprender a quien los sufre o disfruta.

En este tipo de cosas la juventud suele ser más contundente, pero a medida que vamos cumpliendo años vamos ablandando nuestras barreras y, tal vez por puro aburrimiento, ya nada nos sorprende y nos volvemos cada vez más tolerantes. De modo que podríamos retocar un poco la cita y decir: "Senex sum, humani nihil a me alienum puto". También porque uno ya ha visto de todo varias veces y ya no siente nada nuevo, sino que cada barbaridad que le cuentan es para él una repetición más; lo de siempre.

La última es la de un ex futbolista y ex presidente de club de fútbol, empresario tramposo, estafador, defraudador, y esto, y lo otro, y lo de más allá.

Vamos a ver; que quede claro: Me repugna todo eso, pero lo entiendo. El vicio del dinero. El ansia. El goce de hacerse rico por el camino más corto. La tentación de disfrutar de todas las cosas buenas de la vida... Lo entiendo.

Y, sobre todo, el orgasmo de hacerse esta casa:


¿Quién se resistiría a una cosa así? Es el paraíso.

Un policía baja por la escalera exterior y otro va a entrar por la puerta de abajo. Tienen la cara pixelada, pero no para que no los conozcamos (¿qué de malo están haciendo como para que no se les deba identificar?), sino para que no se les note la cara de envidia, la mueca babeante. Eso sí sería contraproducente, porque nos mostraría que las fuerzas del orden admiran al estafador y la moraleja ética no sería verosímil.

Clicad la foto, por favor, para verla más grande.

Lo primero, enternecedor, es que es de esas edificaciones que tienen fachada-rostro, como la famosa iglesia del pollito. En este caso es un rostro con la boca como torcida de paralís, pero muy grande y sonriente. Y unos ojos pizpiretos y alegres, con vidrieras de colores.
¿Y los triglifos y metopas de los aleros? ¿Y las guarniciones de piedra falsa de los huecos de fachada? ¿Y los picatostes de piedra falsa en la esquina? (Una sí y la otra no: Una oda a la antisimetría moderna y al diseño de vanguardia). ¿Y las tejas azules? Yo confieso que por esas tejas azules vendería los clubes de segunda B que se me pusieran por delante, compraría defensas y representaría delanteros y los dejaría con el culo al aire, y haría diez pufos en Hacienda y otros diez en las arcas de mi club. Esa casa. E-SA-CA-SA.

Ah, esas tejas azules. Ah, esos aleros. Ah, esas piedras de guarripléis. Ah, ese pedazo de casa. E-SE-PE-DA-ZO-DE-CA-SA.


Estafar, sí, estafar. ¿A qué se arriesga uno, a la cárcel? Pues es un riesgo asumible por el placer de repantigarse en un sofá de cuero en el salón de esa casa (sabe Dios qué decoración tendrá) con un cubata en la mano.

Que sí, que ya sé que está mal. Que no lo defiendo. Pero es que esa casa... Esa casa... E-SA-CA-SA...


(NOTA.- Lo de este sinvergüenza es comparable a lo de todos los sinvergüenzas que a diario nos pasan por delante de las narices en la tele y en la prensa: Los mismos yates, las mismas prostitutas, la misma elegancia, las mismas casas... Por otra parte, uno ve la saga de El Padrino y ve un estilo y un nivel muy pobre, muy lacónico e incluso austero. El Padrino jamás podrá alcanzar todo lo que vemos a diario. Y es que, claro, la ficción no puede ni aproximarse a la realidad).

Addenda 4-2-2018. El comentario de Igor nos brinda un extraordinario documento. Como el enlace no se puede clicar os pongo aquí la foto que dice.


(¿Es para comprender a este hombre o no es para comprenderlo? El emperador Adriano se debió de sentir más o menos así en su villa de Tívoli).

martes, 30 de enero de 2018

Gente normal

Estos días los españoles estamos celebrando que nuestro rey cumple cincuenta años.
En esta tesitura le han grabado a la familia real un vídeo con el que de nuevo quieren convencernos de que son "gente normal". Comen lentejas, la niña se quema... Lo normal.

La infanta quemándose con las lentejas.

Yo no soy especialmente monárquico, pero tampoco antimonárquico. Lo que sí creo es que la monarquía es algo anacrónico y obsoleto. Me parece que en esto estamos todos más o menos de acuerdo, y que incluso los monárquicos defienden la institución por lo que tiene de simbólico más que por su utilidad práctica real. (O, dicho de otro modo, su utilidad práctica real es ser simbólicos).

Sin embargo -y a mi juicio erróneamente- desde hace muchos años, desde que se olieron la tostada y notaron su discutible encaje en una sociedad democrática moderna, todos los miembros, funcionarios y adláteres de la Casa Real se empeñaron en convencernos de que los Borbones eran "gente normal".
Pues bien: A mí no me parece bien que los reyes sean "gente normal". Creo que su única razón de ser es la de ser sublimes.
Para gente normal ya me quedo con mi tía Eduarda.
Yo quiero un rey, una reina, unas princesas, unas infantas y unos etcéteras simbólicos, magníficos, excelsos, óptimos, extraordinarios, admirables... de todo. De lo bueno lo mejor. Ese es el único sentido de su existencia, su única razón de ser.

En el aspecto político no deciden nada, no gobiernan, no mandan, pero la Constitución Española le da al rey la potestad de declarar una guerra. Ahí es nada. La decide el gobierno, pero quien le da forma, quien le da voz, es el rey.
Y así todo. El rey simboliza la unidad de la patria, la defensa de la nación, la estructura de la sociedad y hasta el mapa del territorio. El rey recibe a los campeones del mundial de fútbol y va a los entierros de las víctimas del terrorismo porque el rey es nosotros. El rey es yo, y yo, en algunas ocasiones, no quiero que me represente un político de carne y hueso, sino un ser etéreo, sublime, sobrehumano: mi rey.

viernes, 26 de enero de 2018

El despechugue

A Miguel Barahona, que me animó a escribir esta entrada
y hasta eligió el título. Espero estar a la altura esperada.
Y a Eduardo Almalé, por su aportación.


Le Corbusier y Picasso se conocieron en París en los años 1930s y no se soportaron.
Parecían hechos el uno para el otro, pero tal vez por eso mismo se cayeron fatal.

Después de eso, en los 1940s, en el París ocupado por los nazis, hay turbias historias sobre ambos respecto a su actitud más o menos ambigua o "equidistante" entre los colaboracionistas y los resistentes. Ahí no quiero entrar; al menos hoy. Ya se ha dicho mucho y depende de quién lo cuente fueron unos héroes de la democracia y de la libertad o unos miserables pelotilleros. Vamos a dejarlo ahí.

Donde quiero ir es a Marsella, en 1952. Le Corbusier estaba terminando la famosa Unité d'Habitation, que era una magnífica pieza de arquitectura, pero era mucho más, y Picasso quería verla.

Eso he leído en algún sitio: que a Picasso le interesaba mucho el edificio y que fue él quien llamó a Corbu para que se lo enseñara. Pero también he leído que fue Corbu quien seleccionó a unos cuantos famosos y los invitó a la inauguración. Pudieron ser las dos cosas: que Picasso se interesara por el edificio y lo dijera y que Le Corbusier, que era el mayor lince de la propaganda y del autobombo(1) aprovechara la oportunidad y montara la fiesta.

Fuera como fuese, el caso es que el encuentro nos dio esta magnífica fotografía:

jueves, 18 de enero de 2018

Anonimato y hombrecillos (y también toreros)

Seguimos celebrando el centenario de Sáenz de Oiza. Esta vez os cuento una anécdota que contó él en clase.

En el año 1964 se convocó un concurso internacional de arquitectura para un teatro de ópera en el Paseo de la Castellana de Madrid.
Las propuestas presentadas fueron expuestas por los organizadores.

Oiza, que no se presentó al concurso, se pasó por la exposición con un compañero para ver los proyectos presentados.
Tan hablador y apasionado como siempre, comentaba con su amigo en voz alta todos los que iba viendo:

Propuesta de Rafael Moneo

-Mira el proyecto de Rafa. Tan pulcro como siempre1.

Propuesta de Juan Daniel Fullaondo

-Juan Daniel. Qué fuerza, ¿verdad? 

Propuesta de Antonio Fernández Alba

-Antoñito y sus plataformas. Qué bueno.

Propuesta de Fernando Higueras y Antonio Miró

-Fernando Higueras. Esta plasticidad, esta corona. La planta radial...

Propuesta de Miguel Fisac

-¡Hombre, Don Miguel Fisac! Parece que ha endurecido un poco su organicismo1.

Un hombre que estaba viendo también la exposición y que llevaba un rato oyendo hablar a Oiza (oír hablar a Oiza era inevitable) finalmente se dirigió a él y le dijo:
-Oiga, perdone. ¿Pero no se han presentado todos los trabajos bajo anonimato? ¿Cómo es que usted conoce a los autores?

viernes, 12 de enero de 2018

Oiza viejoven

Oiza siempre fue una persona muy activa y muy nerviosa. De joven había sido buen ciclista, y presumía de haberle plantado cara nada menos que a Federico Ezquerra, "el Águila del Galibier". (Iba en bicicleta de Madrid a La Granja, ida y vuelta, y se picó con otro ciclista. En Puerta de Hierro el otro le preguntó que en qué equipo corría, mientras que se descubría como Ezquerra. Esto Oiza lo repetía a cada momento con legítimo orgullo: Le había pedaleado de tú a tú al gran Ezquerra).

He escrito "de joven" y ese es el problema, que Oiza seguía sintiéndose joven a una edad avanzada. Vale: Se dice que hay que sentirse siempre joven, que hay que serlo en el corazón y que la juventud no está en los años que se tienen, sino en la ilusión y en las ganas de vivir. Pues vale, pues bueno, pues de acuerdo.

Los grandes Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes tienen un espectáculo, Viejóvenes, en el que se retratan como seres desubicados que están ya en la cuarentena pero no asumen su edad y quieren seguir saliendo de marcha y llevando la misma vida que a los veinte. Se producen algunas situaciones cómicas, tristes y ridículas.

Cartel del espectáculo Viejóvenes.

Pero Oiza no estaba precisamente en la cuarentena cuando yo lo conocí en la escuela. Estaba en la sesentena y era un torbellino. ¡Bien!
Siendo director de la ETSAM tuvo que sufrir una huelga muy dura. Un día -ya tendría sus 65 tacos-, yendo a su despacho de la escuela se encontró con un piquete de alumnos que le cortaban el paso. Se encaró con ellos y se negaron a dejarle pasar. El acceso al pasillo al que daba su despacho estaba tapado con un tablero de los de las aulas de dibujo técnico. Oiza, muy cabreado, saltó por encima del tablero. Muy poca gente puede hacer eso a los veinte años, y él lo hizo a la edad de jubilación.
Obviamente, después de eso los alumnos, pasmados, no hicieron nada para impedirle que llegara a su destino.

Todo eso es encomiable, sí, y todos quienes lo hemos visto y escuchado hemos celebrado esa energía, esa vitalidad, ese espíritu. Pero tiene una componente menos plausible, y es que Oiza quería ser más joven que los jóvenes, más que sus alumnos, más que nadie, y a veces llegaba a situaciones ridículas.
No me refiero a situaciones personales -allá cada uno, y en ese aspecto no tengo nada que decir-, sino a actitudes profesionales.

lunes, 8 de enero de 2018

El último racionalista

Me acabo de enterar, gracias precisamente a un lector de este blog, de que ayer, día de los Reyes Magos, ha muerto uno de mis mejores amigos de la carrera: Juan Pablo de Bidegain Herrera. Bidegáin.


No sé nada más, no sé cómo ha sido, ni si estaba enfermo, ni nada. Me pongo a escribir sin saber qué voy a decir. Era mi amigo. Estoy consternado y desorientado. ¿Qué pasa? ¿Qué coño pasa? ¿Cómo se puede morir Bidegáin?

Ya conté que era el operador de cámara en clase de Fullaondo. Movía los grandes libros en sentido inverso bajo el visor del proyector de opacos y hacía unos travellings estupendos de aquellas grandes fotos que no cabían de una vez. Era insustituible en clase. No faltaba casi nunca, y las poquísimas veces que por enfermedad o por lo que fuera no podía venir Fullaondo se quedaba muy fastidiado sin poder dar la clase como él quería, porque ningún otro alumno era capaz de proyectar las imágenes en la pantalla.

(Inserto: Al principio todos los compañeros de clase le llamábamos Bidegáin. Supongo que por influencia de Fullaondo, que llamaba a todos los alumnos por el apellido, y el suyo era bastante fonético. Al cabo de un tiempo, ya muy amigos, le empecé a llamar Pablo, y aún después Juan Pablo, porque era así como él se reconocía mejor y se sentía más cómodo).

Juan Pablo era muy reposado hablando. Buscaba la palabra correcta y precisa para no generar malentendidos ni confusiones, y eso le hacía a veces ser lento y poco expresivo. Era todo lo contrario que yo: Todo lo que yo tengo de bocazas y de metepatas lo tenía él de elegante y discreto.

En sus proyectos siempre era correcto y preciso. Fullaondo una vez le llamó El último racionalista, y era verdad. Sus proyectos eran modernos canónicos, y todo era racional y todo estaba justificado.
Recuerdo que ayudándole a dibujar su fin de carrera veíamos que un alzado era poco expresivo y le dije que forzara un efecto de curvatura en un muro. En un proyecto en el que todo el mundo mentía o dibujaba cosas gratuitamente por lo bien que quedaban él no consintió en falsear (no digo mentir, sino sólo agudizar gráficamente) una curvatura para que en alzado quedara mejor. El alzado tenía que corresponderse escrupulosamente a la planta, y en planta esa curvatura era la idónea para lo que se pretendía, y si en alzado no quedaba muy fotogénica daba igual. Tenía que ser como tenía que ser.

Juan Pablo era de una honradez extrema. Al final le convencí de que, sin mentir, hiciera una especie de trompe-l'oeil que sería real si el edificio fuera construido. De alguna manera conseguí convencerle en parte y el alzado mejoró algo.

Le sugerí también que en alguna parte del proyecto rotulara "El último racionalista" y no coló. No era pertinente, tenía razón: No era el momento ni la ocasión. Pero al poco tiempo nos presentamos al concurso del conservatorio de Almería y ahí sí: Ahí nos pusimos como lema "El último racionalista".
Fueron unos días de trabajo intenso en su piso compartido de la Colonia Saconia, en Madrid, con la carrera recién terminada y antes de que se fuera a Santander, de donde era.

Después dejamos de vernos, aunque él vino algunas veces por Madrid y yo fui con mi familia otra a Santander. Durante estos treinta y dos años nos habremos visto unas seis o siete veces, no más, y habremos hablado por teléfono otras tantas (larguísimas conversaciones). Pero hemos mantenido la amistad y el cariño.

Juan Pablo de Bidegain Herrera era un hombre bueno.

Nuestra común amiga Aurora Herrera, santanderina como él, me contó una vez que en el colegio de arquitectos de Cantabria Bidegáin era una especie de tesorero perpetuo, ya que era tan honrado y tan cabal que elección tras elección ninguna candidatura presentaba alternativa a la tesorería. Todos estaban de acuerdo en que siguiera él. Sé que fue también de consejero de ASEMAS y que ahora estaba -de tesorero, cómo no- en la UAPFE. El tesorero ejemplar. El hombre más honrado del mundo.

Era muy buen fotógrafo (pero ahora me pesa mucho que no tengamos ninguna foto juntos1), y hasta una vez le publicó una fotografía EL PAÍS. Era que vino a Madrid una famosa atleta alemana y él fue al evento con su cámara. Con su perfecto alemán sin acento la saludó y ella le miró interesada, sorprendida y atenta, momento en que disparó su cámara y obtuvo una fotografía buenísima.
Tenía muchísimas fotos buenas. Miles y miles de contactos pequeñitos, de los cuales sólo conseguían pasar a ser ampliados unos pocos (el papel y los demás materiales eran caros y había que seleccionar muy bien).

Hasta aquí he escrito de corrido y aquí me he parado de golpe. Llevo unos minutos sin saber qué más escribir. Serían cientos de anécdotas, pero me he quedado sin fuerzas. Qué más da. Qué más da todo. Mierda.

Mi amigo Juan Pablo se ha muerto.

El último racionalista.

El último hombre honrado.


1.- He escrito que no teníamos ninguna foto juntos pensando en los tiempos de la escuela, pero luego he recordado que muchos años después sí nos la hicimos. En 2002, en nuestras vacaciones en Cantabria, quedamos en Santoña.
Aquí estamos las dos familias: Él con su mujer y su hija y yo con mi mujer y mis dos hijos.




Addenda 10 de enero de 2018. No pude ir al funeral que tuvo lugar en Santander ayer martes, 9 de enero, pero me acabo de enterar de que ASEMAS va a celebrar en Madrid una misa en memoria de Juan Pablo el próximo jueves 18 de enero a las 21:00 h, a la que espero ir. Será en la parroquia del Inmaculado Corazón de María, en C/. Ferraz 74, esquina a Marqués de Urquijo.
Enlazo aquí la nota de recuerdo a Juan Pablo que ha sido publicada en la web de ASEMAS.

viernes, 5 de enero de 2018

Summers y Shakespeare

Yo no sé si los más jóvenes conoceréis a Manuel Summers. Bueno, los más jóvenes no conoceréis ni a su hijo David, el de Hombres G. Pero para eso me tenéis a mí. Yo os lo cuento.
Manuel Summers fue un humorista irlandés-sevillano. Hacía películas y chistes gráficos, y también salía en tertulias radiofónicas y televisivas hablando de todo un poco (vamos, de política) con ese tonito de señorito-andaluz-simpático-derechista-facha-gracioso que hemos visto y seguimos viendo en unos cuantos personajes muy populares.

A mí me caía bien. Tenía humor, y todo el que tiene sentido del humor me cae bien.

Yo lo traigo hoy aquí como cineasta -tal vez su vocación primera y más auténtica y, con todos los éxitos que tuvo, fracasada- porque los arquitectos trabajamos por encargo y para los gustos de nuestros clientes, y a menudo nos debatimos entre lo que creemos que es bueno y tiene calidad y lo que nos piden que hagamos. Porque sí: Abundan los clientes que no quieren buena arquitectura. Eso hay que reconocerlo. Y en eso Manuel Summers me sirve de guía por lo que diré ahora.

En el año 1963, a sus veintiocho años de edad, dirigió su primera película: Del rosa al amarillo. La vi hace mucho tiempo y me produjo una muy extraña sensación. Eran dos historias de amor: una entre dos adolescentes casi niños y la otra entre dos ancianos.

Fotograma de la película Del rosa al amarillo.

No la recuerdo demasiado bien, pero sí que me acuerdo aún de toda la cursilería de esas dos historias y de una sorda sensación de fracaso, de ridículo, de melancolía y de dolor. Las sensaciones son duraderas porque creo que estaban muy bien armadas y contadas. La película no era una maravilla, pero sí una opera prima más que interesante y prometedora, que tenía eso tan difícil: una visión propia, una manera personal de ver las cosas y de contarlas. Prometía muchas cosas buenas para un futuro.

A esa película la siguió el año siguiente La niña de luto, otra película que recuerdo y que también me acongoja y me desasosiega. Trata de una chica que no puede ver a su novio porque va empalmando una serie de lutos rigurosísimos que les amargan la juventud y la vida a ella y a él.

El joven Manuel Summers hizo alguna otra película muy estimable y sí: ganaba algún premio que otro, tenía buenas críticas, pero no terminaba de triunfar.

Vio que esas historias sensibles y sutiles no triunfaban e intentó dar los brochazos algo más gordos. En 1971 dirigió Adiós, cigüeña, adiós y con ella sí dio el pelotazo. Los jóvenes no os lo podéis imaginar, pero en aquella época (yo tenía once años) no existía educación sexual de ningún tipo, y todo era secreto y misterioso hasta unos niveles inconcebibles.
Pero a lo que iba: Se salió de la línea de humor negro dentro de un neorrealismo sórdido y se abrió a lo comercial, tocando un tema muy goloso. Fue tal el éxito que a los dos años hizo una inesperada y estúpida segunda parte: El niño es nuestro, que también funcionó muy bien y le dio más fama y más dinero.
En 1982, ya despendolado, hizo To er mundo é güeno, una película a base de bromas con cámara oculta a gente que pasaba por allí. Y la lio tan gorda que en ese mismo año hizo una segunda parte: To er mundo é... mejó. (Total, era tan fácil...). Y como el éxito seguía, volvió en 1985 con la tercera: To er mundo é demasiao.

Por si esto no fuera ya una barbaridad que sonrojaría a cualquiera (pero Manolo Summers no se sonrojaba), en 1987 y en 1988 dirigió sendos bodrios para el grupo musical de su hijo, los Hombres G. Los engendros se titularon como dos de las canciones del grupo: Sufre, mamón y Suéltate el pelo. No fueron ni mejores ni peores que tantas otras horribles películas de circunstancias hechas con el piloto automático para que el grupo de moda del momento cante sus canciones y alegre a sus fans; todo ello barnizado con una excusa argumental tan imbécil que haría meterse en un agujero a un mono de Gibraltar. Fueron éxitos comerciales que, como todos los de esa ralea, algún espíritu piadoso debería destruir. (Sobre todo por el bien de los músicos protagonistas de tales atrocidades y de los actores de carácter que salen siempre de relleno pisoteando su talento y su oficio).

Las dos primeras películas, Del rosa al amarillo y La niña de luto, no son obras maestras, pero sí son dos prometedores tanteos primerizos, que auguran lo que podría haber sido una digna carrera cinematográfica que tal vez en la madurez sí nos hubiera dado alguna película ya muy buena. Porque, como he dicho, creo que había madera para ello.
Pero de los buenos tanteos primerizos no se vive, y ya se vio que los premios en festivales y las críticas positivas no daban para nada.

Los arquitectos trabajamos por encargo. Nuestras obras tienen que ser comerciales porque tienen que complacer a quienes las encargan.
Y siempre estamos con lo mismo: ¿El cliente es el que manda? ¿Se le debe complacer siempre? ¿Qué hacer cuando el cliente es refractario y hostil a la calidad arquitectónica? ¿Puede haber una arquitectura que sea comercial y buena? ¿Está reñido lo comercial con la calidad artística?
Sabemos que no. Cientos de grandísimas películas, novelas, obras de teatro, piezas musicales y... y de todo nos lo confirman. Y todo eso certifica que hay mucho público culto e inteligente que valora las obras comerciales bien hechas.
Pues sí, pero que nos lo digan a los arquitectos de chalet adosado o de apartamento playero, y que se lo digan a Summers, que no tuvo la suerte de que sus obras mejores gustaran tanto como las peores. Yo pienso mucho en Summers. No es que yo tenga ni mucho menos su talento; qué más quisiera yo; es que me impresiona cómo un creador es capaz de dar la vuelta, tragarse los mocos y buscar otros caminos cuando el suyo inicial no le lleva a buen fin. Yo respeto mucho esa decisión. De verdad. (De hecho, salvando todas las distancias, es lo que llevo haciendo toda mi vida. Y creo que todos lo hacemos en mayor o menor medida).

Y en el otro extremo de Summers (y en esa misma línea) veo a Shakespeare.