martes, 16 de mayo de 2017

Neoclasicismo

A Ana Fernández del Prado

Acabo de leer en twitter que el torero (y últimamente ideólogo) Fran Rivera ha dicho que le gustaría que volviera la mili por los mismos motivos por los que mi madre y mi novia querían que la hiciera yo (me libré por excedente): para que los jóvenes se curtieran y aprendieran lo que vale un peine.


En seguida twitter se ha puesto a hervir. (¿Qué es twitter sino un hervidero?). La mayoría se ha burlado (de nuevo) del torero, pero unos cuantos le han dado (de nuevo) la razón.
Yo he pensado que es hermoso (y totalmente estúpido) añorar los viejos tiempos, y de repente he vislumbrado una Arcadia feliz y viejuna en la que los hombres adultos no se pusieran nunca pantalones cortos, la música fuera melódica y en español (y la foránea se tradujera: "Ansietat / de tenedte en mis brasos..."), los muchachos se pusieran la gorra con la visera para delante (y se la quitaran al entrar en los sitios), a los mayores se nos llamara de usted, hubiera más respeto y las autoridades fueran más contundentes con... con todo.

Y he caído en la cuenta de que eso es precisamente el neoclasicismo. O sea (que lo sepáis): Fran Rivera es neoclásico.

El neoclasicismo es muchas cosas, algunas de ellas incluso interesantes. Pero es -yo creo que sobre todo- esto: ¿Hacia dónde va el progreso, la modernidad, la vida? Pues yo tiro para el otro lado.

viernes, 12 de mayo de 2017

A un clavo ardiendo

Estoy haciendo croquis de una casa para una pareja y parece que la organización general y la distribución ya les gustan, pero ahora vamos con los alzados. Ay, malditos alzados.
Como de costumbre, por ese camino no nos entendemos. Esta vez la culpa es mía: Ya de entrada hacer por una parte las plantas y por otra los alzados es un disparate, es romper la lógica del proyecto, su coherencia, y armarlo como un monstruo de Frankenstein. Pero, lamentablemente, por un mal enfoque inicial, esa es la dinámica de trabajo en la que me encuentro ahora y, naturalmente, no puede traer nada bueno.
Primero he encajado y distribuido el programa teniendo en cuenta los tamaños, la parcela, las limitaciones normativas, etcétera. Mientras lo he estado haciendo he intuido o vislumbrado vagamente la plástica del artefacto, pero no he sido capaz aún de mostrársela a mis clientes de una forma convincente y solvente. Apenas eran unos esbozos muy vagos. Les he intentado explicar lo que veía (o quería ver) en ellos. No me han entendido porque no me entendía ni yo.
Pero mientras tanto nos hemos centrado en las plantas, que sí han ido tomando una forma cada vez más nítida, o, al menos, comprensible.

-¿Una cocina de doce metros cuadrados? Pequeña, ¿no? ¿Tú qué opinas? ¿Cuánto mide la que tenemos ahora?

Y así, poco a poco, iban tomando forma (y, sobre todo, tamaño) la cocina, el salón, los dormitorios...
En definitiva: Entre tantos tanteos y correcciones el trabajo se acabó centrando solo en las plantas. Fallo mío, repito: El afán de encajar el programa, de que los números cuadraran, y la idea engañosa (nunca sale bien) de que cuando resolviéramos todo eso ya haríamos los alzados. ¡Error! Todos sabemos que ese sistema de trabajo no es correcto, pero a veces nos sumergimos en él, supongo que por comodidad, por acotar el programa y concretar con los clientes, de una vez, el punto de partida del trabajo. Mientras tanto las fachadas no interesan, y creo que precisamente pensar así es puro fachadismo, porque implica que las fachadas son un maquillaje, una decoración, un quita y pon que da más o menos igual. Es como pensar por un lado en una persona y ya luego, aparte, en su vestido. El vestido no forma parte de la persona, pero la fachada sí forma parte vital y orgánica de la casa.

Pues ahora estoy con eso, con el vestido. O, mejor dicho, con el disfraz. Ya digo que la culpa de esta situación es exclusivamente mía. Y ya me están diciendo los clientes qué vestido quieren para su casa (qué tipo de ladrillo visto, qué ventanas, qué tejas, etcétera), y yo, profesional eficiente donde los haya, tomo el catálogo de materiales trillados e intento encajar unas fachadas que no sean excesivamente trilladas. (Error de nuevo. Lo sé. Esa especie de prurito de buscar algún punto no demasiado común cuando el planteamiento mismo, el concepto de todo este proyecto, una vez más, es lo más consabido del mundo, e incluso ese afán de una cierta originalidad es lo más habitual y falto de originalidad, y mi único trabajo decente, ya que no ha brillado la chispa, sería hacer un buen trabajo sencillo y homogéneo, técnicamente bien resuelto y punto. Sin nada más, sin tonterías).

Oliendo ya el fracaso del intento, buscando la fachada imposible que lo resuelva todo milagrosamente y haga atractivo mi bocadillo de pan con pan, recurro a mi biblioteca para buscar ejemplos, a modo de catálogos de "sírvase usted mismo", recetas, soluciones prefabricadas a las que agarrarme como a un clavo ardiendo para maquillar esta casa que viene sosa, sosa y sosa desde el principio.
Se trata de un problema de "composición", de "fachadismo", con sus ritmos, sus chorradicas... Paso la mirada por las estanterías buscando ejemplos de arquitectura de ventana-ventana-ventana, cornisa, moldurita, arco y ventana-ventana-ventana.
La cosa va mal. Ya hablé una vez de la nostalgia frustrante y a la vez dulce que me supone demorarme en los libros con una especie de delectación morbosa.

Esta vez tomo en mis manos este de Berlage:


No confío en que me resuelva el problema; vamos, estoy seguro de que no me lo resolverá. Pero al menos me distraeré hojeándolo y ojeándolo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Benditos sean

Ayer vino a mi estudio un cliente con un croquis muy trabajado:


Pero que muy trabajado:


Meticuloso, detallado, completamente incomprensible.

Mi primera sensación, como siempre que entra un cliente en mi estudio (ahora muchos menos que antes, ay) fue de profunda gratitud. Nunca termino de saber por qué escogen mi puerta y mi teléfono. La segunda sensación, casi simultánea a la primera, fue -también como siempre- de duda: A ver qué quería este hombre y si yo sería capaz de ayudarle. Y la tercera, cuando sacó el papel del bolsillo del pantalón y lo puso, arrugado, sobre la mesa, fue -como casi siempre- de pasmo: ¿Esto qué es? ¿En qué lenguaje está escrito? No entiendo nada.

Al bofetón que me da el dibujo se superpone la explicación atropellada del cliente, que lleva varios días enfrascado en ese Manuscrito del Mar Muerto y lo tiene tan interiorizado y tan elaborado que piensa que su diseño es evidente para cualquiera. Por ello, en vez de empezar por el principio, empieza por los últimos problemas que le acucian.
Antes de saber yo aún qué es eso (un local comercial, una vivienda, una oficina, una industria...) ni de que me diga para qué me necesita (para proyectar esa edificación de obra nueva, para hacer una reforma de esa planta existente, para partir ese local en dos partes iguales para su hermano y para él...), lo primero que suelta el cliente tras desplegar la hoja de papel sobre la mesa es:

-En los baños no quiero bidé. Tampoco bañera: Ducha.
-Ya -digo yo, por decir algo y para ver si mientras tanto averiguo cuales son los baños (y eso que lo pone).
-Y lo que no sé es si es mejor entrar a la sala por aquí o por aquí.
-Hombre... -y sigo dejando pasar el tiempo, a ver si me entero de qué es "aquí" y qué es "aquí".
-Y esta puerta es de setenta, ¡y tiene que abrir a izquierdas!
-Claro, claro. A izquierdas.

Vamos a ver: empecemos por el principio, y sin falsas ñoñerías ni cursiladas: El hecho de que un cliente llame a mi puerta o a mi teléfono es algo que me sigue emocionando y que me sigue pareciendo inexplicable. Y si viene diciéndome que le gustó el trabajo que le hice a un amigo suyo, o que su hermano le ha hablado muy bien de mí, me puede. Me mata.
-José Ramón Hernández; un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo.


Que conste que aunque parezca que digo todo esto con algún cachondeíto (apenas nada) y algún dolor (bastante más) mi simpatía hacia mis clientes es sincera. Benditos sean.

sábado, 29 de abril de 2017

A veces sale el sol. [Las tres edades]. (Torrija's Swing)

A Francis y a Emilio, naturalmente.
Ambos me respondieron a la entrada
del otro día y esta es mi re-respuesta.

(Le he puesto tres títulos nada menos. No me decidía. Me lo tenéis que permitir porque hoy es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta y siete y espero que me queden al menos otros tantos).


No se puede estar mustio mucho tiempo. La vida tiene altibajos, cambios de humor, y a veces sale el sol.


(¿A veces? Te vas a hartar tú de sol. Ya me contarás la chicharrera de junio, julio y agosto en ese horno en el que vives).

Uno es consciente de su edad, de sus frustraciones, de su grisura anímica, pero a la vez uno sabe (menos mal) que con él no se acaba el mundo, que viene gente detrás, que la vida sigue y que los jovenzuelos tienen todos los deseos y todos los sueños que uno ha malbaratado y arrojado a la basura demasiado pronto.

Los jóvenes vienen apretando pero bien, como ha sido siempre. Te dicen -con mayor o menor educación o simpatía- que si no tienes ganas de sumarte a la fiesta te apartes, pero que no des más la murga.

Los chavalines vienen cantando una canción que ya era vieja décadas antes de que tú nacieras, pero que ellos vuelven a hacer nueva. Y joven. Y alegre. Y llena de esperanza.
Cuando sonríes el mundo entero sonríe contigo.
No me digan que no es para comerse a esta niña -Elsa Armengou-. (Aunque yo, por comérmelos, me los comería a todos).


Sale el sol y se hace la música, y la gente baila en la calle, y yo miro este vídeo y sonrío como si fuera el protagonista de la canción (when you're smiling / when you're smiling / the whole world smiles with you), pero también se me nublan un poco los ojos y, según me pille, soy capaz de echar una lagrimita porque esa niña no puede ser más adorable, tan seriecita, tan consciente de su papel, tan responsable, tan buena cantante y trompetista, y ese saxofonista... ¡ay, Dios!

Ya hablé de esta canción y no quiero insistir. O sí, pero diciendo otras cosas.

El otro día le mostré este vídeo a un amigo mío y le dije lo que acabo de escribir: "¿Esta niña no es para comérsela?" Y me contestó que si tuviera que comérsela le echaría sal, porque es bien sosa. Naturalmente, me enfadé con él. ¿Cómo es que no ve que esta niña tiene esa valentía infantil de enfrentarse con seriedad y responsabilidad a una misión que parece sobrepasarla, que sobrepasaría a cualquiera, y se concentra en ella, y la cumple, y vence todas las dificultades porque sabe (como todos los niños) que nada puede salir mal?
¿Sosa? No. Seria. Responsable. Concienzuda. Aplicada. Me encantan los niños serios, responsables, concienzudos y aplicados. Y redichos.
Porque, sí, se ve que Elsa es además redicha. Tiene que serlo. Se aprecian los ensayos, el aprendizaje exacto de la letra y de la música, las dos veces que dice ha-ppy again exactamente igual, tal como le han enseñado, parándose un instante entre ha y ppy para desequilibrar la frase, para marcar la síncopa. Me la imagino como al niño pelirrojo del Viaje a la Alcarria: "¿Me permite usted que le acompañe unos hectómetros?" Me encanta.

viernes, 21 de abril de 2017

Respetemos el producto

Antes de empezar aclaro que esto que sigue lo escribo con una profunda envidia como arquitecto hacia los cocineros, por el éxito que está teniendo su profesión y el ostracismo en que languidece la nuestra.

Podríamos hacer un paralelismo entre arquitectura y gastronomía porque ambas tienen como función inicial satisfacer las más imperiosas necesidades del ser humano, pero, evolucionando y perfeccionándose en sus respectivos campos, a veces llegan a alcanzar la satisfacción de placeres que ya trascienden las perentorias necesidades iniciales, y logran incluso cotas muy altas de satisfacción "intelectual".
Arquitectura, gastronomía, vestido... son campos de actividad humana que surgen de lo más humilde, pero que a veces consiguen rozar lo sublime.
Ya digo que veo con envidia que los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto están muy interesados en las cuestiones gastronómicas, en una proporción inversamente proporcional a lo que lo están en las arquitectónicas.
En todas las casas se ha cocinado siempre, y en casi todas muy bien, pero ahora se habla con desparpajo de emulsionantes, homogeneizadores, esferificaciones, cocina al vacío y quién sabe de cuántas guarradas más.
A los arquitectos nos tocan especialmente esos programas televisivos en los que unos concursantes tienen no solo que cocinar muy bien, sino saber explicar y "vender" sus creaciones, e ir evolucionando episodio a episodio hasta la excelencia final. Nos tocan especialmente porque nos recuerdan a las clases de proyectos. Los concursantes presentando sus platos son como los alumnos de arquitectura presentando sus croquis, y las opiniones y duros juicios de los miembros del jurado son como los de los profesores de proyectos.
Además hay conceptos muy similares: la búsqueda de una armonía, los fallos de los novatos que buscan muchos focos de estímulo que se contradicen, la pureza, la "estructura", la exaltación de algún detalle que da "sabor" y "carácter" al conjunto...
Como pasa en proyectos, como pasa en todo, hay gente muy brillante que con una aparente sencillez combina elementos muy problemáticos y resuelve brillantemente el problema. (La "composición" de sabores, olores, texturas... es similar a la de espacios, volúmenes, texturas... ¡anda!, ¡texturas también!).
Se da a menudo el fallo garrafal de quien parte de unos ingredientes de primera calidad (ya sean una lubina, una langosta o un solomillo, ya sean una plataforma, un desnivel o una avenida) y los estropea con un trabajo zafio y embarullado. Entonces escuchamos decir a los "jueces": ¡Respeta el producto!
Esto de respetar el producto es algo que deberíamos hacer todos: Si a cualquier espectador le parece indignante que alguien se apodere de las mejores ostras del mercado para ponerlas a cocer (¡a cocer!) y finalmente escachifollarlas con ketchup, no suele parecerle a nadie tan horrible tomar una limpia estructura de hormigón y forrarla con molduras y escayolas varias.
¿Por qué? ¿Por qué no se puede sensibilizar a la gente sobre la arquitectura como se la está sensibilizando con la cocina?

En este sentido es sorprendente la (anti)enseñanza arquitectónica que nos puede dar uno de los jueces más conspicuos del programa de Televisión Española Masterchef. Este gran cocinero tiene un famoso restaurante en Illescas (Toledo): El Bohío, que conozco porque queda muy cerca de mi pueblo.
He comido allí dos veces (las dos invitado por promotores inmobiliarios en la época del boom; ¡ah, qué tiempos!). La primera no me gustó demasiado porque le vi mucha tontería, pero la segunda me encantó. (Tal vez en la segunda yo tenía ya también encima alguna tontería).
El famoso restaurante es una mala casona de pueblo muy deslavazada, y para más inri hasta hace poco ha estado pintada de rojo oscuro y "tiraba p'atrás". Una cosa verdaderamente horrorosa. Y muy paleta. Era sorprendente cómo en semejante lugar se hacía una cocina tan avanzada, tan sofisticada y tan buena. A cualquiera se le podía pasar por la cabeza que aquello no cuadraba, que ese trabajo de prestigio requería un espacio mejor tratado y más "intencionado".
Pero al parecer ese restaurante era el de los padres del genio, en el que él se crió y donde aprendió a manejar sus primeros fogones. Y eso se lleva en el corazón. Bueno, vale. (Pero cuando yo estuve le habían hecho por dentro una especie de "refrescamiento" que tampoco era demasiado afortunado). Ahora lo han pintado de blanco y lo han dejado más limpio y agradable por fuera, pero por dentro no sé cómo estará: Hace tiempo que no me invita ningún promotor.

El otro día pasé por Esquivias (Toledo), aún más cerca de mi pueblo que Illescas, y vi que el negocio de este maestro de cocineros se ha ampliado y que tiene allí una nave destinada a catering.


Me dio una sofoquina. Tuve que dar un frenazo, bajarme del coche y hacer unas fotos. En una hilera de naves industriales esta de El Bohío es la única customizada con una visera de teja y, sí, amigos, con dos molinitos en las esquinas de esa visera.
Diormío, Diormío, Diormío.

El molinito ha perdido sus aspas de plástico.

"No puede ser", me dije. "No puede ser". Y, efectivamente, no podía ser.

viernes, 7 de abril de 2017

Abril. (Torrija's Blues)

(Advertencia previa, a modo de excusa: Estos días estoy celebrando una muy buena noticia en cuanto a mi salud. Estoy muy contento y muy feliz. El texto que sigue, bastante machacón y aplanador, no va por esta circunstancia mía actual, sino que es una reflexión general sobre mi vida, mi tipo de vida, y creo que puede ser más o menos compartido en algún punto por alguno de vosotros. Ya digo ahí mismo que me va bien. ¿Entonces por qué la pena? ¿Por qué el desánimo, el hastío, el aplatanamiento anímico? No sé. No me termino de entender a mí mismo. No os pido, por lo tanto, que me entendáis; ni siquiera que lo intentéis. Seguro que la próxima entrada es más amable y divertida. Una mala tarde la tiene cualquiera. Disculpad).

Dedico esta llorera a todos mis amigos y mis seres queridos. Me acuerdo especialmente de Francis, por lo que luego diré, y de Emilio. También de muchos otros que no nombraré para no hacer esto interminable. Su hombría de bien es mi guía y mi consuelo en muchos momentos bajos.

(El título inicial de esta entrada era tan solo "Abril". El subtítulo de "Torrija's Blues" ha sido una aportación de Fernando Ramos -@bgmps- en twitter. Me ha gustado y se lo he robado. Gracias, Fernando).



Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
                     T. S. Eliot. La tierra baldía


Ya está aquí abril, el mes más cruel, con sus cielos grises y su tristeza.


A finales de este mes cumpliré cincuenta y siete años. Cincuenta y siete. Aún no soy un anciano, pero desde luego ya no soy joven, y veo que mi vida está hecha. Una vida, como todas, decepcionante y frustrada porque ha sido (como todas) la cristalización de una sola de las variantes entre las infinitas posibles, y seguramente la de una de las más triviales, anodinas y, desde luego, previsibles. Una vida que, lamentablemente, ha alcanzado muchos de los objetivos propuestos; es más: casi todos. Una vida plena. Puta vida.
Recuerdo mis anhelos juveniles, mis ilusiones, mi energía y mis ideales. Recuerdo qué cosas deseaba por entonces y ahora veo con pasmo e incluso con horror cómo he conseguido muchas de ellas.

Uno alcanza a cumplir sus sueños juveniles, o al menos una parte de ellos, cuando ya no es joven y cuando ya no le hacen tanta gracia ni tanta ilusión.
Me queda una incómoda sensación de que los objetivos se consiguen y los deseos se cumplen cuando ya no vienen a cuento, cuando ya se nos ha pasado el arroz, cuando ya no toca, cuando ya hasta estorban. Dios da pan a quien no tiene dientes: Cuando los tienes sanos y fuertes tienes mucha hambre y nada de pan, y a medida que se te van cayendo y se te va quitando el apetito vas consiguiendo chuscos, mendrugos e incluso alguna que otra jugosa hogaza. Y te incomodan. Y los dejas ahí, olvidados, sin hambre, sin ganas y sin fuerzas.

Con veinticinco años me titulé arquitecto y empecé a trabajar, a proyectar casas, a construirlas. Con veintinueve fui profesor asociado de proyectos en la ETSAM, con treinta y uno fui doctor.
Me casé con la mujer que amo; tengo dos hijos sanos, fuertes, guapos y con sentido del humor; he proyectado y construido cientos de edificios -sí, jóvenes lectores, cientos. Ahora parece algo imposible, pero "en mis tiempos" no era raro que un arquitecto se dedicara a proyectar y dirigir edificios-; he cometido muchos errores, pero también he tenido algunos aciertos. Lo normal.
Y, sin embargo, a menudo veo (supongo que como todo el mundo cuando llega a cierta edad) como si toda mi vida hubiera sido una especie de estafa. (Todos nos pasamos la vida soñando con Zihuatanejo mientras comemos brócoli de un tupperware porque nos han dicho que eso es muy sano y así tendremos "calidad de vida").
He sido un buen chico; he hecho lo que se esperaba de mí: He estudiado, he trabajado, me he casado, he sido buena persona, etcétera, y -maldición- he recibido mi premio.
Y veo que nada de esto merece la pena, que nada me llena, que nada me satisface. O, mejor dicho, me satisface, sí, pero ya he terminado, ya está.
Antes cada sacudida, cada éxito, incluso cada desastre eran estimulantes, efervescentes. Ahora, a la mínima contrariedad me vienen a la mente los versos de Pa todo el año:

Porque sé que de este golpe
ya no voy a levantarme

jueves, 30 de marzo de 2017

Seat Puerto Hurraco

La marca automovilística SEAT va a lanzar un nuevo modelo de coche y le quiere poner el nombre de algún pueblo español. Así que, supongo que sobre todo para despertar el interés del público y llamar su atención, ha convocado una especie de concursillo en las redes sociales para que quien quiera opine y sugiera nombres de pueblos.
Como la gente es como es (¡Ay, Señor!), se lo ha tomado a chunga y por ahora el pueblo más votado es Puerto Hurraco.


El segundo es Guarromán, que suena a superhéroe que no se lava. El nombre viene del árabe Uadi-r-Romman, que significa "río de los granados", pero ya sabemos cómo somos todos.
Estoy seguro de que SEAT contratará a profesionales que sepan elegir un buen nombre, y que barajen su fonética, su tipografía, sus relaciones imprevistas con la sigla "SEAT", sus rimas involuntarias, etcétera. Pero queda muy bien proponer una campaña que le haga la pelota al público. Las dos obvias respuestas de la gente son: o el nombre del pueblo de cada uno (Seat Seseña) o la coña marinera e incluso despiadada (Seat Puerto Hurraco).

Es muy bonito hacer como que la gente elige las cosas, darnos a todos esta ilusión de que somos escuchados y de que nuestras opiniones cuentan. Suele ser un paripé, un postureo falso. Pero cuando es de verdad es bastante peor.
Ya comenté en su día lo del Ayuntamiento de Madrid preguntando a los vecinos cómo querían la Plaza de España, e incluyendo en el cuestionario asuntos que implicaban consecuencias técnicas muy difíciles. También vemos ahora que la Marina de Valencia quiere que la gente les ponga nombres a los espacios que la conforman. En vez de contratar a profesionales creativos dejan que la gente sugiera nombres.
Muy participativo todo.
Se muestra un aparente respeto (pero en realidad es muy paternalista) por el ciudadano ayuno de conocimientos específicos, y al mismo tiempo un desprecio olímpico por quien se ha formado en el asunto.
Al fin y al cabo, ¿en qué consisten los planes de estudios y las profesiones de diseñador gráfico, publicista, arquitecto, urbanista, periodista, lingüista, etcétera? En pamplinas y chorradas. Cualquiera sabe de sobra, sin necesidad de estudiar ni de adquirir experiencia, diseñar un logotipo, acuñar un eslogan, inventar un nombre, diseñar un edificio y cosas así de tontas.

lunes, 27 de marzo de 2017

Una crítica

A Eduardo Almalé, que se indignó con
este edificio. (Qué hombre más soso).

Últimamente he recibido varias opiniones en la línea de que este es un blog divertido, simpático, majete... pero en el que no se hace una crítica arquitectónica seria. Y me ha dolido. Me ha dolido porque quienes me han hecho tales observaciones tienen razón.
Me he picado en mi amor propio y he decidido exhibir mi capacidad crítica. Para ello voy a hablar de un edificio notable: Ática 7, en Pozuelo de Alarcón (Madrid).
No tengo el honor de conocer el nombre de su autor, pero lo prefiero. A menudo la fama del artista impide una visión limpia y desprejuiciada de su obra. Analicemos, pues, este edificio por sus propios méritos.


Se trata de un edificio de oficinas diseñado con gran cuidado y precisión. La fachada de vidrio está formada por piezas rectangulares colocadas unas encima de otras y unas al lado de otras, formando filas bien alineadas.
Todo coincide. No hay franjas torcidas. Todo cuadra.
Los vidrios están muy limpios.
Hay varios pórticos colocados en distintas fachadas y con distintos criterios: No en los centros, no en los ejes de simetría, no en las direcciones principales. Es un alarde de arquitectura moderna, libre y no dependiente de rancios esquemas compositivos.
Los capiteles de las columnas también son muy modernos. Son de un orden como jónico-mireusté o jónico-chúpateesa. Y de metal verde. De alguna forma están diciendo: "Ictinos, Calícrates: Comednos lo de abajo" o "este Fidias nos toca las pilotas".


Unos capiteles muy bonitos. Y no sólo muy bonitos, sino muy comilfó en estos tiempos de desorden, confusión y marasmo. (Vale, y también pleonasmo). (Y orgasmo).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Mesas ordenadas

A David García-Asenjo, a Carlos Santamarina,
A AGUA arquitectos y a Alberto Alonso, por su
colaboración y por sus mesas.

La idea de escribir esta entrada nació con un tuit de David García-Asenjo en el que citaba un artículo de Juan Tallón: "Instrucciones para ordenar la mesa". David es un lector infatigable, culto e inteligente, y si él cita, glosa o refiere un artículo te lo tienes que leer. Así son las cosas, así que me lo leí inmediatamente. (Hacedlo también vosotros). Al momento saqué con el móvil una foto a mi mesa según estaba, y la mandé como respuesta al tuit de David y al artículo.
Esto desencadenó más respuestas de más amigos, y así, espontáneamente, nos fuimos retratando.

Mi mesa

He trabajado durante veinte años con mi socio Tomás Saura. Durante ese tiempo me ha dado muchos motivos de envidia. Uno de ellos era su mesa siempre ordenada. Podríamos tener muchísimo trabajo, muchas llamadas apremiantes, muchos faxes, cartas, lo que fuera. Él tenía cada cosa en una carpeta, en un archivador, en un cajón. Todo en su sitio. A veces, mientras trabajaba, tenía la mesa inundada de papeles, pero cada uno de ellos cumplía una función exacta y estaba donde tenía que estar, y al terminar la jornada era guardado y clasificado en su correspondiente carpeta, convenientemente etiquetada, y la mesa quedaba limpia y libre para el día siguiente.
Yo no puedo. Mi mesa ya me expulsa a mí. Busco un rincón despejado para escribir allí, encogido, una nota. Como Juan Tallón, me digo a mí mismo que no es tan difícil guardar cada cosa en su sitio, pero, también como él, veo cosas que no lo tienen, y, lo que es peor, cosas que pueden tener dos o tres sitios válidos porque pertenecen simultáneamente a dos o tres órdenes o familias.
Por otra parte, me da miedo tirar cosas. Ese folleto de un material de cubierta: No tengo intención de usar ese material, pero no lo tiro. Esa carta medio rara que te llega, esa tarjeta de un comercial de fontanería, esa notificación, esa invitación a un acto, esa lo que sea. ¿Dónde guardarla? En ningún sitio. Su sitio es la papelera, pero ya. Pues no. La dejo sobre la mesa vagando y vegetando y al cabo de meses y meses ya se ha pasado la fecha, la efectividad, la oportunidad, lo que sea, y la tiro por fin, cosa que debería haber hecho el primer día. Me digo y me repito que si un papel me es útil debe tener su sitio para ser guardado y ordenado, y si no lo es debe ir a la papelera, pero no lo hago.
(Por cierto, ¿alguna vez habéis revuelto la papelera buscando ese papel que tirasteis el otro día y que ahora necesitáis? Yo sí. Soy un desastre).
Otra cosa que pienso es que si yo trabajara en una empresa, si yo tuviera un jefe, sería más cuidadoso con el aspecto de mi mesa. Supongo que no me atrevería a ser censurado por mi jefe ni por mis compañeros. Pero trabajo solo, a mi bola, y creo que eso ayuda también a tener la mesa así. En este caso el desorden tiene también algo de capricho. Pero cuidado con el capricho: Es como no afeitarse un día para trabajar (¿qué más da?, por un día no pasa nada): Acaba uno trabajando otro día en zapatillas de estar por casa, y otro día en chándal, y otro día en pijama. Esto del desorden mesero es como el alcoholismo: Uno reconoce en ciertos momentos que se está pasando, que está siendo superado y no puede controlarlo, pero en el fondo no cree que sea un problema grave, no se da cuenta, se va abandonando y naufraga. Uno se agarra una borrachera de desorden y se olvida de los problemas que le abruman.
En medio del caos, uno está rodeado de amigos: Un medallón, unos sellos, una lupa, unas fotos, una figurita de Astérix, un viejo llavero... Cosas que te acompañan y te alegran, pero que, aún más, te abruman, te descentran y te fastidian. Y todo ello a la vez.

No sé muy bien por qué (o sí, pero para qué andar dando explicaciones tontas) en el follón de mi mesa había un montón coronado por el Corto Maltés en Siberia. Debajo, no se ve en la foto, había un número del Jot Down, un libro de órdenes, un bloc, varias carpetas que no eran de ahí, etcétera. Al fondo, detrás de los botes de lápices y bolis (tantos botes y cuando necesito un rotulador no lo hay) tengo la novela Oblomoff, en una vieja edición de 1931, y debajo de ella Si te dicen que caí. Entre los botes de bolis y las novelas hay un medallón de bronce en el que sale el Palacio de Cristal de la Casa de Campo de Madrid, en una rara vista curvada en ojo de pez. A su lado, una tarjeta de la residencia de ancianos de mi pueblo.
Y para qué seguir.

A mi foto reaccionó David poniendo dos de su mesa según estaba en ese momento. Por un lado libros y papeles amontonados (y un aparato eléctrico que no identifico) y por otro unos apuntes de un ratón (diría que sí, que es un ratón) sobre un libro ilustrado. También veo herramientas y más cosas.


Mesa de David García-Asenjo

sábado, 4 de marzo de 2017

Necio chinchorrero

No quiero escribir esta entrada. No quiero reaccionar airadamente cada vez que un tonto del haba se mete con la arquitectura y con los arquitectos porque sí, sin dar una razón, sin un fundamento, sin conocimiento de causa. No quiero darle a esa gente boba y autocomplaciente una importancia que no tiene. No quiero ensuciar este blog con mi cabreo y mi desprecio.
Pero es que hacen mucho daño. Es que es un bombardeo continuo desde la tele y desde la radio, una gota malaya inmisericorde. Es que es el insulto gratuito y constante sin que nadie haga nada por frenarlo, y calando un día tras otro en la opinión pública.
Es un lugar común: Nadie lo niega, ni siquiera la gente supuestamente culta. (Esos menos que nadie). Una panda de opinadores indocumentados, bobos y chinchorreros dicen que la arquitectura moderna es una desgracia para la humanidad y que los arquitectos somos los enemigos. Y nadie les calla la boca, nadie les pide que se retracten, que pidan perdón. Es una ofensa gratuita y estúpida, sin el menor fundamento ni la menor base, y que sigue cundiendo.
Uno de estos personajillos patéticos que aletean y cacarean con estas falacias es un tal Adriansens, que se tiene por artista, por hombre muy culto y sensible, que no sabe nada de nada más allá de tres datos inanes y de tres nombres alemanes del siglo diecisiete o dieciocho, que babea sus orgasmos stendhalianos y jadea sus suspiritos y sus exabruptos escupiendo alabanzas a los castillos del Loira y a los orinales del Rey Sol mientras despotrica contra todo lo moderno. Habla con rotundidad, con exaltación, con cabreo, y loa sus bibelots y sus chuminadas grasientas a toda hora. Ah, y además pinta.

Cosita de Adriansens

Ayer, en el programa de radio Julia en la Onda, que dirige Julia Otero en Onda Cero, este mamarracho se ha permitido eructar que no puede perdonar a los arquitectos modernos porque han afeado el mundo. Y nadie le ha mandado callar. Ni siquiera nadie ha mediado o ha intentado terciar, matizar nada. Así, tal cual: Los arquitectos modernos no merecen perdón porque han afeado el mundo.
¿Pero por qué nos tiene usted que perdonar? ¿De qué? ¿Pero quién se ha creído usted que es?
Imaginaos que alguien hiciera una afirmación tan genérica sobre los médicos, los charcuteros o los taxidermistas. Tal vez alguien se sintiera molesto y le pidiera que matizara algo, que puntualizara algún detalle o suavizara alguna expresión. Pero con los arquitectos no hay matices. No pasa nada. Somos el pimpampum, los enemigos de la humanidad.
El otro día un eurodiputado polaco ha dicho que las mujeres deben cobrar menos que los hombres porque son más bajitas y más tontas y se ha liado buena, con toda la razón. Si hubiera dicho que los arquitectos debemos cobrar aún menos de lo que cobramos porque somos la pura maldad nadie se habría sentido molesto.

Cosita de Adriansens

Por otra parte, este odiador de la arquitectura moderna (y de la arquitectura en general, pues diga lo que diga no entiende ni sabe nada de arquitectura, ni le interesa lo arquitectónico) va a Florencia o a Venecia y se despiporra. Le da un stendhalazo que se cae al suelo. Levita y palmotea, y se le cae la baba. Pero habría que haberlo visto allí, en la Florencia del quattrocento, cuando el moderno Brunelleschi se lio la manta a la cabeza y acometió aquella tremenda barbaridad del cupulón.

Cosita de Adriansens

viernes, 24 de febrero de 2017

La plástica es culpable

Si un pintor encuentra a un hombre en harapos y si se conmueve por empatía, de hombre a hombre, ante la condición de pobreza en la que el hombre se encuentra, puede ocurrir que el pintor traslade esta emoción de pobreza a una situación pintada, pero ligada a la aparición de un hombre en harapos.
Vista y reproducida de esta forma, puede surgir una imagen típica de la pobreza que, sin embargo, muy poco o nada tenga que ver con el arte estético y plástico. [...]
Si, por el contrario, la relación del artista con su objeto de la experiencia es predominantemente estética, los sentimientos de placer o de desplacer, lo personal y lo individualmente humano, harán lugar a los acentos más generales, estéticos [...]. No dejará predominar en su obra los acentos emocionales, sino los estéticos. [...]
Esta exageración [de los acentos estéticos] se lleva a cabo por medio de una definición más intensa de los valores espaciales y de los valores del color. No por empatía ante la situación en la que el objeto de la experiencia se encuentra, sino precisamente por lo contrario, por la abstracción de toda particularidad local del objeto, el artista llegará a exponer las relaciones cósmicas más generales y valores como los de: equilibrio, posición, masa, número, etc., que la particularidad local del caso hubiera cubierto o velado.
Theo van Doesburg (1)

Este año se cumple un siglo de la creación de De Stijl. Fue un movimiento que quería abarcar todas las artes, y que pretendía que estas fueran antitrágicas. Es decir, que no se ocuparan de representar la realidad emocional y emocionante, sino que construyeran puras relaciones plásticas, liberadas de la anécdota.
Pretendían, ante este mundo caótico, caprichoso, desordenado y trágico, crear un universo estético ordenado y organizado por las meras relaciones plásticas.

Theo van Doesburg: Dibujos y pinturas representando y reelaborando una vaca, yendo desde
la representación "realista" hasta la abstracción y las puras relaciones plásticas primarias
y geométricas. (Pero este es un momento inicial e inmaduro: Al madurar, De Stijl ya no
trata de cuadricular una vaca, sino que no parte de una vaca para empezar a pintar).

Las fotos que vimos en la anterior entrada son como el hombre en harapos al que se refiere Van Doesburg: basan su eficacia plástica en la empatía. Su plástica es trágica y expresionista: Las cualidades puramente plásticas (color, tamaño, forma...) están al servicio de un sentimiento empático.
Por el contrario, De Stijl se basa sólo en cualidades plásticas, sin referencia alguna a sentimientos o a experiencias vitales.
La entrada anterior, de la que esta es continuación, se titula "La plástica no es inocente", y hace mención a que aquella resalta cualidades trágicas. ¿Entonces, por fin, la plástica de De Stijl es inocente? En absoluto. La plástica nunca es inocente. La plástica de De Stijl quiere ser antitrágica, pero no por ello se libra de culpa.
Además de buscar una pura plástica, sin acentos emocionales, los fundadores de De Stijl quisieron restringirla al protagonismo del plano, a las líneas rectas verticales y horizontales y a los colores primarios. Con estas severas restricciones el arte tenía que salir como un objeto de laboratorio o como un teorema.
Podríamos pensar que con estos condicionantes antitrágicos y estas normas severas la plástica sería inocente y desenfadada, e ideológicamente neutra. Nada de eso. No se trataba de un mero ejercicio de diseño. Se trataba de construir un universo, y eso es muy duro.
En cierto momento, ya un poco aburrido de siempre lo mismo, Van Doesburg inclinó las líneas y adoptó colores no primarios, y Mondrian dejó de hablarle. Nadie se agarra semejante cabreo bíblico por una plástica inocente, por un mero juego de formas y colores.
No era tan sencillo, y de ninguna manera era algo tonto o inocente. No hay más que leer a Mondrian y sus rollos teosóficos y sus disquisiciones sobre lo que significa la horizontal, la vertical, los colores... ¡Uf! Ahí hay mucha seriedad, mucho afán de trascendencia y mucho misticismo.

Cuando van Doesburg gira las líneas y figuras del cuadro Mondrian gira el marco, pero el contenido del cuadro sigue siendo vertical-horizontal. Mucha enjundia. Mucha tensión.

Theo van Doesburg, Contra-composición XVI, 1925.

Piet Mondrian, Composición I con azul y amarillo, 1925.

Piet Mondrian, Composición con dos líneas, 1931.

No es ninguna broma romper con un amigo porque ha girado las líneas y, una vez rota la amistad, reconcentrarse en el estudio, pensar, probar, reflexionar... y terminar girando el cuadro entero pero las líneas no.
Ahí no hay nada inocente. Eso es algo muy serio. (Y además hay que estar mu loco. Pero mu loco). (2)
Me imagino a Mondrian ahora, asistiendo al triunfo de sus diseños en teteras, vestidos y relojes y sufriendo un serio jamacuco. Su arte convertido en objeto de decoración, en broma, su carga explosiva desactivada, su fuerza vital convertida en un chiste.
La plástica no es inocente.

miércoles, 15 de febrero de 2017

La plástica no es inocente

Se ha fallado el premio World Press Photo 2017, y la fotografía ganadora ha sido una del fotógrafo turco Burhan Ozbilici que muestra al asesino del embajador de Rusia en Turquía -que se suponía que estaba allí como su guardaespaldas, para protegerlo-, justo después de matarlo.
El cuerpo del embajador está tendido en el suelo boca arriba, muerto, mientras que el asesino, con la pistola recién disparada en la mano derecha, eleva al cielo el dedo índice de la mano izquierda mientras suelta un speech a los aterrorizados presentes (que no salen en la foto).

Fotografía ganadora del World Press Photo 2017
Burhan Ozbilici

El fotógrafo estaba allí para cubrir la inauguración de una exposición de cuadros bastante anodina y trivial. Para el embajador, decir unas palabras en ese acto era una de sus obligaciones rutinarias. Lo que ocurrió fue rápido e inconcebible. Por puro instinto profesional, Burhan Ozbilici se sobrepuso a la sorpresa y al miedo y disparó su cámara. Hizo una gran foto. (Hizo unas cuantas).

Porque, no nos olvidemos, lo que premia el World Press Photo son grandísimas fotos. Se trata de fotografías de prensa; es decir, con un mensaje, una noticia, una idea o incluso una denuncia, y no se trata por lo tanto de fotografías "artísticas". Pero no es menos cierto que, tengan la carga de denuncia o de testimonio que tengan, y aunque estén hechas con un criterio periodístico y reporteril, son obras de arte y se valoran y premian como tales.

Por una parte, ese tipo de fotos nos dejan consternados, pero por otra nos fascinan. Qué buenas.
A mí me impresiona muchísimo que ante una foto tan terrible los de WPP digan esto:


Datos técnicos de la fotografía premiada porque se trata de una fotografía muy buena, tomada con la técnica de un profesional e incluso de un artista, y porque todo aficionado a la fotografía quiere saber con qué equipo y con qué técnica está hecha.

La fotografía, cuyo mayor valor es la grandísima carga dramática que tiene, queda así como un objeto aséptico, inocente.

El resto de fotografías seleccionadas son todas muy "plásticas" y, por lo tanto, en muy gran medida "hermosas".






Muy hermosas.

lunes, 13 de febrero de 2017

Gente que

Gente que ríe.
Gente que juega.
Gente que experimenta.
Gente que propone.
Gente que arriesga.
Gente que hace el tonto.

Man Ray. Juliet y Margaret Nieman. 1945

Gente que se divierte.
Gente que busca.
Gente que investiga.
Gente que crea.
Gente que estudia.
Gente que construye.

El Lissitzky, Rascacielos horizontal. Estribanubes. 1924

Gente que lee.
Gente que trabaja.
Gente que estimula.
Gente que baila.
Gente que ama.
Gente que celebra.

Van Doesburg y Van Eesteren. Imagen arquitectónica. 1923

Gente que piensa.
Gente que canta.
Gente que mira.
Gente que escucha.
Gente que siente.
Gente que hace.


Matisse. Interior con berenjenas. 1911

martes, 7 de febrero de 2017

La culpa de todo

Hace unas semanas mi hijo Diego, usuario cotidiano de los trenes de cercanías de Madrid, me dijo:
-Papá, a la entrada de Atocha hay una pintada buenísima. Dice: "La culpa de todo es de Le Corbusier"
-¿De verdad? ¿Así, sin más? ¡Qué bueno! ¡Quiero foto!
-No me ha dado tiempo. Ha sido un momento. Un día de estos te la hago.
Y ayer me mandó estas tres:




Es, como veis, una pintada muy pulcra y discreta. Nada de estridencias. Da la sensación de ser una queja sentida, resignada y muy cívica (dentro de lo que es hacer pintadas en la propiedad y el espacio públicos, que supongo que también entraña en sí mismo algún tipo de civismo).
Ni que decir tiene que me faltó tiempo para colgar la primera imagen en Facebook y en Twitter.
El éxito ha superado cualquier previsión. Me ha desbordado.
En Twitter, en un solo día, esta foto ha sido "favoriteada" más de mil novecientas veces, ha sido retuiteada más de mil trescientas y ha tenido cuarenta y un comentarios. Y sigue: No hacen más que llegarme notificaciones.


Los comentarios han sido, en general, de lo más divertido. La verdad es que la pintada es buenísima y se presta a ello. Y la gente que comenta es muy ingeniosa.
Pero, como suele pasar, siempre hay más haters que lovers, y entre los primeros, tras los divertidos, sutiles y complejos, vienen los más simples y directos, hasta que uno, por fin, ha hecho un comentario con solo dos palabras: "HIJO PUTA". (Supongo que dedicadas al Corbu, aunque también podrían ir destinadas al autor de la pintada o a mí. Esto nunca se sabe).

Creo que merece la pena decir un par de cosas. (Siempre merece la pena decir un par de cosas sobre el tema que sea).
Todo apunta a que el autor de la pintada padece alguno de los barrios del extrarradio de Madrid, y soporta diariamente el follón de los transportes públicos, con varios transbordos, con el tiempo justo, con líos de todo tipo. Vive en uno de esos barrios que siguen un modelo propugnado y propiciado por Le Corbusier (entre muchos otros) que prometía espacio, sol, ventilación, vegetación y que en realidad han quedado en algo mucho menos atractivo, y donde además hay un complejo y problemático tejido social, una patente falta de servicios públicos, etcétera. (Aunque también hay que decir que en las últimas décadas todo eso ha mejorado bastante. Es verdad).
Hay que decir que Le Corbusier fue un talento plástico de primera, uno de los grandes genios de la humanidad. Pero también hay que reconocer que no tenía ni la formación ni el conocimiento suficientes como para hacer propuestas urbanísticas serias. Tenía brillantes intuiciones, y las sabía exponer con elocuencia. Y era un gran publicista de estas ideas, por lo que consiguió que le hicieran algunos encargos gigantescos y disparatados.

Los edificios de Le Corbusier: sol, ventilación, vegetación, vistas, planta baja liberada...
Y la ciudad configurada por una trama de estos edificios higiénicos y felices y
 por una zonificación férrea.

Le Corbusier, como también les pasa a muchos políticos, proponía soluciones muy simples para problemas muy complejos. Ese tipo de cosas gusta mucho. No hay más que ver cómo triunfa el populismo y la demagogia. Es muy fácil dar una solución genialoide para resolver de un plumazo el paro, la inmigración, las guerras, el comercio, los precios, las zonas verdes, los espacios de relación social, los transportes públicos o lo que sea. Muy fácil. Una buena campaña publicitaria hace que la gente se crea esos esquemas tan sencillos y elocuentes y el pisto está servido. El follón y la zorrera que se forman pueden ser irreversibles y tener efectos dramáticos.

Vale. De acuerdo: LA CULPA DE TODO ES DE LE CORBUSIER.

sábado, 4 de febrero de 2017

Muy de arquitecto

A Emilio

Mi amigo Emilio me ha contado que una conocida suya, persona de alta formación académica y de amplia cultura, estaba buscando piso en Madrid hace unos años y vio algunos en la zona norte (o tal vez noreste), en uno de los PAUs más destacados, con buenos servicios y bastante calidad.
El barrio, aunque por entonces se estaba formando, ya "apuntaba maneras". Tenía muy buena pinta y mucho nivel. Ella estaba decidida a vivir allí, pero dudaba entre dos o tres promociones de viviendas.
Finalmente se decantó por un piso muy amplio y muy bien ubicado. El precio no era bajo, pero estaba a su alcance y se lo podía permitir.
Todo era estupendo... hasta que vio las infografías del folleto de venta. El piso -eso no hay ni que decirlo- estaba en la primera fase de su construcción y no se podía examinar "en carne y hueso". (Bueno, en hueso ya casi, pero en carne aún no).


Un tanto desconcertada por las imágenes que mostraba el folleto, recurrió a Emilio en busca de consejo.
El piso era magnífico. La distribución no era la típica de pasillo, dormitorio, dormitorio, dormitorio..., sino que el salón daba juego a toda la distribución y propiciaba unas relaciones espaciales -y por lo tanto "habitacionales" e incluso "familiares"- muy fluidas e interesantes. Dos terrazas daban un gran desahogo a los dormitorios y "jugaban" con los ventanales del salón, proporcionando muy buena luz -limpia y tamizada- a las estancias.
Se veía un piso amplio y cómodo. Un "peazo piso" en uno de los barrios nuevos más atractivos de Madrid.
Pero las infografías... Ay, las infografías.
Se las mostró a Emilio y le dijo:
-Lo único que me echa para atrás es que se ve que es un piso "muy de arquitecto".

¿Cómo? ¿Muy de arquitecto? ¿Y eso es malo?

Me han operado hace unos meses y lo último que se me ocurriría decir sería que la operación salió muy bien y que he quedado bastante apañado, pero que -por poner una pega-, en fin... no sé... fue una operación "muy de cirujano".

O que el mítico avión MD-95 de la McDonnell-Douglas (el Boeing 717) es un aparato precioso, magnífico, tiene una autonomía de vuelo extraordinaria, es muy ágil para su gran tamaño... pero que... bueno... cómo decirlo... no termina de gustarme. Lo veo muy de ingeniero aeronáutico.

jueves, 26 de enero de 2017

Porno

A Miguel Morea, quien, como yo, se está quitando. (Dice).
A Eduardo Almalé, que lo sabe todo sobre Miralles y lo
tiene casi todo, y me ha confesado que este no lo tiene.


He encontrado este mamotreto de segunda mano y muy bien de precio. Y me lo he comprado.


¿Por qué lo he hecho? No lo sé. No lo he podido evitar. Es una droga. Hago lo que puedo por dejarla, y a veces consigo estar una temporada limpio, pero siempre recaigo. Siempre acabo picando otra vez.
¿Por qué compro estas mierdas? No lo sé. No me hacen más que daño. Las hojeo con envidia, con rabia, con desesperación. Sé que nunca seré invitado a esos paraísos. Las hojeo como se hojea una revista pornográfica: Fantaseo, imagino, me excito, me creo que yo... Lo mismo. Un mirón; un maldito mirón; un estúpido mirón frustrado que no ha sido invitado a la fiesta.
Hojear ese tipo de libros no me ayuda en nada a hacerles a mis clientes las casas "bonitas" que ellos me piden. ¿Qué voy a hacer? ¿Inspirarme en algunos de esos mágicos diseños para hacer croquis imitativos por ver si cuelan? Lo he hecho muchas veces y nunca han colado. ¿Enseñar directamente esos libros a mis clientes? También lo he hecho a menudo y han puesto el grito en el cielo.
Lo que quieren ya me lo sé, me lo sé de sobra, y para darles gusto no necesito más que una plantilla de arcos carpaneles, que por otra parte no me hace falta porque también me la sé.
Los edificios que me ha sido dado y me será dado hacer no se nutren en nada de mi estupenda biblioteca. Sigo desgravándome las compras de estos libros, pero ningún subinspector de hacienda se tragaría que son un gasto profesional, que sirven en algo a mi desempeño como arquitecto. Sólo debería desgravarme el Cien modelos de chalets y el Proyectos de casas del CCC o del CEAC. Todo lo demás es vanitas vanitatis y pornografía.

domingo, 22 de enero de 2017

Bonito

Bonito,
todo me parece bonito.
Bonita mañana,
bonito lugar,
bonita la cama,
qué bien se ve el mar.
Bonito es el día
que acaba de empezar.
Bonita la vida.
Respira, respira, respira.

Bonito. Jarabe de Palo


Un grupo de amigos virtuales, frikis de la arquitectura, alimentamos un hastag en twitter que se llama #100x100masterhouses y que atendemos los sábados de una manera muy sencilla: Quien quiere usa esa etiqueta, pone cuatro imágenes de una casa (las que admite twitter), etiqueta a diez tuiteros como máximo (los que permite twitter) y la cuelga.
El sábado pasado el compañero Peter (@Speedmaster72) subió estas cuatro fotos:





Y escribió: "Leavengood House (St. Petesburg Florida 1950/51), by Ralph Twitchell & Paul Rudolph. #100x100masterhouses".


Como suele ocurrir en estos casos, algunos de quienes lo vieron lo comentaron, otros lo "retuitearon", lo "favoritearon", etcétera. Todo sirva para mantener enhiesto el pabellón y para celebrar la arquitectura a cada rato y con cualquier excusa, que hay muchas y muy valiosas.
Una tuitera no arquitecta (y por lo tanto no perteneciente a este cansino colectivo nuestro) opinó: "una casa fea". Naturalmente, con esa nítida afirmación revolvió el gallinero, y ante la consternación de los defensores insistió: "¿Dónde está lo bonito?"
Para qué queremos más. Como un solo hombre, los frikiarquitectos nos envolvimos en los mantos rituales y saltamos a la carga.
Pero yo me quedo pensando en la frase: "¿Dónde está lo bonito?"
Y me pregunto dos cosas: 1.- "¿Es bonita esta casa?" 2.- "¿Es necesario, o siquiera conveniente, que las casas sean bonitas?"

Ayer, más o menos cuando el amigo @Speedmaster72 estaba colgando esas fotos en twitter, yo me estaba comiendo unas patatas al ajillo de escándalo. Son unas patatas cortadas en rodajas planas, fritas en sartén con buen aceite de oliva, y aromatizadas con un mejunje de ajo, vinagre y perejil bien macerado en el almirez. Es un plato que me vuelve loco. Es la cosa más tonta del mundo, muy sencilla y barata, pero la antepongo a los jardines colgantes de Babilonia y a todos los campos de algodón de Louisiana.
El aspecto del contenido de la sartén es un pegote, una costra.
¿Es eso "bonito"? No. No es nada bonito. Es una especie de plasta, ya digo, pero ay de quien pase por este triste mundo sin haberla probado. Se pierde una de las razones por las que merece la pena vivir.
Bonito.
No es nada bonito. ¿Dónde está lo bonito? ¿Y por qué tendría que ser bonito?
Si la humilde pero gloriosa sartenaca de patatas al ajillo no es nada bonita, ¿por qué tendría que serlo una casa?

martes, 17 de enero de 2017

Cuatro ventanas

Adolf Loos (1870-1933) fue un arquitecto a caballo. Nacido una generación después que Otto Wagner (1841-1918), y casi una antes que los modernos, pero perteneciente a la misma que Joseph Maria Olbrich (1867-1908), Joseph Hoffmann (1870-1956) y los grandes arquitectos de aquella fascinante  y decadente época de la Secesión de Viena, dejó pasar aquella brillante oportunidad de engancharse a los últimos coletazos de la Belle Époque pensando probablemente y con gran lucidez que si ya el viejo Wagner era un bello epitafio de tantas cosas (1) esa Sezession era el epitafio de sí misma.
Arquitecto de frontera, de final de un ciclo sin que aún naciera otro, de terrenos pantanosos y tierras movedizas, se irguió como un gran innovador, como una figura respetabilísima, casi heroica en muchos aspectos.

Adolf Loos. American Bar. Viena. 1908

En sus primeras obras vemos aún el regusto final del decorativismo del Art Nouveau, pero el mismo año que construye el American Bar de Viena publica su famosísimo artículo "Ornamento y delito".
Busca una arquitectura limpia, desnuda, carente de adornos innecesarios (que hasta el momento eran los que la dotaban de encanto) y se adentra en un camino que en muchos aspectos, ya lo hemos dicho, se nos antoja heroico. (Hay que ponerse en la época y en el ambiente).

Adolf Loos. Casa Steiner. Viena. 1910

La Secesión vienesa había alcanzado unas cotas de belleza insuperables. Es una delicia. Su propio pabellón, de Olbrich, con frescos de Gustav Klimt, es una preciosidad, una golosina.
Adolf Loos hace algo muy difícil: pensar (en una época tan temprana) que esa belleza no es el ideal de la arquitectura, que esa no es la razón de la arquitectura; que la arquitectura no debe ser una golosina, ni un bollito, ni nada parecido.
Teniendo ya a su servicio y a su disposición todo aquel arsenal bellísimo dispuesto para ser usado, Loos renuncia a él y se aplica con dureza monacal y con obstinación a hacer casas muy desnudas, demasiado desnudas para la época, intolerablemente desnudas. (2)
Antes de que el Movimiento Moderno cuaje él se nos muestra como un pionero, como un premoderno.

Loos. Casa Tristan Tzara. París. 1925

sábado, 14 de enero de 2017

Y coda

Ayer mismo escribí una entrada en este blog con un tono sarcástico y seguramente más estúpido de lo aconsejable, pero es que, comprendedme, ya estaba cansado de mesarme los cabellos, de indignarme, de rabiar y de gritar. ¿Para qué? ¿Qué más da todo?
El caso es que, como imaginaba, lo que escribí en tono de burla mucha gente lo piensa en serio.
Varios periódicos han dado la noticia de la ignominia, y, como todos ellos en sus ediciones digitales tienen abierta la posibilidad de que cualquier lector pueda opinar, aquello se ha puesto perdidito de opiniones.
Opiniones indignadas porque a los arquitectos nos gusten mierdas como la felizmente derribada y no nos gusten las casas buenas y bonitas de verdad como la que se está terminando de construir. Siempre lo mismo. No basta ya con la ignorancia, sino que hay un cabreo exaltado, un odio a quienes hemos consagrado nuestra vida a la arquitectura, porque actuamos como si conociéramos un arcano que a ellos les estuviera vedado y por ello nos sintiéramos superiores. (Y, por supuesto, no piensan hacer nada por estudiar, por escuchar, por aprender...)
-¡A mí ningún chulo me va a decir lo que está bien y lo que está mal!
Bueno, pues yo voy a osar decir un par de cosas.
Ya he dicho varias veces que todo es opinable, y que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero que no todas las opiniones son respetables.
Esto en otros campos se entiende muy bien: Yo, que no sé exactamente por dónde queda el hígado, ni siquiera aproximadamente por dónde el páncreas, ni para qué sirven, puedo criticar la desobstrucción del colédoco que le han hecho a mi tío Recesvinto, puedo hablar -con un palillo entre los dientes- de la disparatada pancreatectomía parcial que le han practicado a mi colega Triboniano y puedo incluso proclamar que lo que tenían que haber hecho ambos era dejarse de médicos y tomar mucho zumo de limón. El zumo de limón es buenísimo. Y la homeopatía.
Pues sí. Pues estas cosas se dicen y ya está. Y no pasa nada. Todos sabemos de todo y todos opinamos de todo.
Lejos de mí pedir, sugerir siquiera, que quien no sepa no opine. Tan sólo opino -opinar es libre, ya digo- que quien opina de algo sin tener ni idea, sin haberse parado a pensar sobre ello, sin tener ninguna referencia ni ningún criterio salvo el de la ciencia infusa, es un bocachancla y un mascachapas. Pero, claro, esto es sólo una opinión mía.

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, o chorro,
generoso o estafador.
¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro
que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los ignorantes nos han igualao.

viernes, 13 de enero de 2017

Brotes verdes

Por fin. Por fin se ven los brotes verdes.
Estábamos todos muy preocupados porque el parque actual de viviendas (muchas de ellas obsoletas) colapsaba y paralizaba la construcción de otras nuevas (más modernas, eficientes y confortables) y ayer toda la profesión se ha visto sacudida por un notición, tal vez anecdótico e incluso insignificante en sí, pero que nos ha dado esperanza y nos ha animado y alegrado a todos.

Una persona con criterio ha heredado esta casa:




¿Será nuestro protagonista ese niño que se asoma a la ventana? 





Una casa de los años 1970s, viejuna, rancia, bajita, con unas ventanas que no coinciden unas con otras (con lo bonito que es eso), una casa que por no tener no tiene ni tejado, una casa que no cumple el CTE, ni el JÓDETE, ni el YAVESTÚ, una casa que tal vez estuviera aceptablemente bien cuando se construyó (que yo creo que ni eso), pero que desde luego ahora estaba desfasada y rancia.