sábado, 21 de mayo de 2011

Las manos (1)

Iba a escribir una cosa sobre la Mano Abierta de Le Corbusier cuando he pensado que antes tendría que explicar algo sobre las manos. Empiezo por este "Las manos (1)" y ya veremos hasta dónde llego. Supongo que serán tres entregas. (Tres es un buen número).
Antes de empezar declaro que, como no soy arqueólogo, ni paleontólogo, ni nada-ólogo, ni le debo disciplina ni obediencia a nadie, me permito tomar todo lo que el mundo y la historia me ofrecen, de gratis y sin dar explicaciones, para construir hipótesis heterodoxas. Es la ventaja de no ser académico y de no tener que rendir cuentas.
(No obstante, lo que sigue está en deuda con el súper heterodoxo Oteiza (siempre) y con el Giedion de El Presente Eterno: Los Comienzos del Arte. Pero los entiendo a mi manera).

Empecemos:

Imaginad una escena de hace unas decenas de miles de años: Unos cazadores vuelven a su cueva arrastrando una pieza que han cazado (o cargando con ella). La llevan para alimentar a su clan. Vienen llenos de barro y de sangre, jadeando, exhaustos.
Al llegar a la cueva uno de ellos se apoya en la pared. Apoya su mano ensangrentada para descansar unos segundos, para tomar aire. Al retirarla, ve la marca roja de su mano. Ve su mano impresa en el muro de la cueva.


(Qué momentazo. ¿Qué os imagináis que sentiría?)
Yo me imagino que reconoce su mano. Tarda unos segundos en entenderlo: Ahí está su mano. Ahí está él.
¿Qué hará a continuación? Eso no me cuesta nada imaginarlo. Lo veo con toda claridad. Toca la piel del animal muerto, sus heridas abiertas, para volver a mancharse la mano de sangre. Y la planta en la pared una vez, y otra, y otra. (¿Habéis visto a algún niño pequeño con un sello de caucho?).
Se ve de pronto poseedor de un poder mágico. Es capaz de representarse a sí mismo en el espacio. Es capaz de señalar su "Fulano estuvo aquí" y de reconocerse. Se apodera del plano de la pared, y se apodera del espacio interior de la cueva. "Este soy yo". Es un afán de representación, de expresión, de llenar el espacio con la huella de uno mismo.
En ese "Fulano estuvo aquí" que vemos escrito en los monumentos (y en los retretes) de todo el mundo hay el mismo afán de perpetuidad que en las manos ensangrentadas.
(Ni que decir tiene que, una vez conocedor del procedimiento, el artista no necesita hacerlo con sangre, y prueba otros pigmentos más duraderos).

(También comprobamos que aunque el espeleólogo de la foto parece querer imitar el gesto con la mano izquierda, las manos impresas son derechas. Si había la misma proporción de diestros y zurdos que ahora, y todo parece indicar que sí, es más normal imprimir la mano derecha que la izquierda).
Esta es la primera fase del arte: expresivo y trágico. No quiero morir. No quiero que me olviden. Si me muero, quiero que quede una huella de mí, un recuerdo, un "José Ramón estuvo aquí". ¿No es esto todo el arte y toda la actividad humana? ¿No es esto este blog? ¡Yo, yo, yo! El Sentimiento Trágico de la Vida. ¿Qué más le da a la Torre Eiffel y a la humanidad entera que Fulano la visitara el 29-4-2005? Y, sin embargo, ahí están los miles de graffiti: "Fulano, 29-4-2005" (o lo que sea). (Tomo como ejemplo la torre Eiffel porque nunca he visto más en ningún otro sitio).

El arte expresa con desesperación. El arte es un grito: "¡Aquí estoy yo!" "¡No quiero morir!" (Y, si muero, al menos que quede memoria de mí).
Primera fase: Expresión, llenar el espacio, gritar.
Hay después de ésta una segunda fase mágica, milagrosa, incomprensible. El hombre ya no quiere poner, sino quitar. Restar. Vaciar. ¿Por qué?
En la pared de la cueva, el hombre, el cazador, el artista, pone su mano limpia. Y pinta encima, ya sea embadurnando la pared y el dorso de la mano con una brocha que usa con la otra mano, ya sea llenándose la boca de pintura y asperjándola. De las dos formas todo queda lleno de pintura: el dorso de la mano y el trozo de pared inmediato. Entonces quita la mano y queda su huella en negativo.
Y, de nuevo, prueba una y otra vez. Está "quitando manos" de la pared, está restando expresión, está quitándose, saliéndose, desapareciendo.


 Y sigue "quitando manos":
 

Fijáos. Ahora la mayoría son manos izquierdas. Son manos en negativo, que restan en vez de sumar, cóncavas en vez de convexas, desocupadoras en vez de ocupadoras. Es, tal vez, un "Fulano ya no está aquí", o incluso un "nunca estuvo aquí".
Es un "estuve aquí, pero me fui". Es una pista de despegue hacia un más allá, un espacio sagrado, una base de lanzamiento espiritual, un... ¿qué es? ¿Por qué alguien quiere borrarse? ¿Por qué ese afán ahora? Entendíamos mejor lo otro, ¿verdad? El ansia de ser. ¿Por qué ahora esta ansia de no ser?
El arte es, siempre, una lucha contra el Sentimiento Trágico de la Vida. ¿Es esto un primer intento (fallido) de solución? No lo sé, pero creo que sí. Creo que hay algo de eso.
Oteiza pone dos ejemplos literarios. (No tengo ganas de buscar las referencias exactas, y hablo de memoria). En el primero, Unamuno cuenta un recuerdo de su infancia en Bilbao: El paso de un carro tirado por un caballo. Los niños lo siguen corriendo por la calle y gritando: "¡El caballo! ¡El caballo! ¡El caballo! ¡El caballo!", sin parar, llenando de caballo toda la calle. Es la primera fase, la mano en positivo, el grito que llena, el expresionismo directo que se afianza y ocupa. En el segundo ejemplo, Baroja cuenta una experiencia suya como médico rural. Le llaman de noche para asistir a un parto en un caserío. Cuando llega, después de mil incomodidades y vicisitudes, se encuentra a la parturienta, agotada, que respira y jadea de forma casi inaudible: Aah, aah, aah, al ritmo de una lenta respiración. Ese "aah" es cóncavo, se vacía, se desocupa, se quita del espacio, se mete (diríamos mejor, aunque sea un pleonasmo, "se mete para adentro"). Es todo lo contrario a los gritos de "¡El caballo!"
Casualmente, el silencio de la preñada está vacío de sí misma y lleno de niño, lleno de vida por nacer, mientras que el grito de los niños está lleno de sí mismo y vacío de cualquier otra cosa por venir. El vacío es trascendente, y el lleno es intrascendente.
La segunda fase, de manos izquierdas en negativo, abre el espacio a la nueva experiencia trascendente. La desocupación sacraliza.
Bueno. Ya seguiré, que me enrollo y me pierdo.

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