martes, 21 de noviembre de 2017

Los libros de la tía Felisa

Los arquitectos MVRDV han hecho en Tianjin-Binhai (China) una biblioteca A-LU-CI-NAN-TE.


Siempre he dicho que la arquitectura es espacio, y que el análisis y la valoración de la arquitectura ha de ser la del espacio que configura. En ese sentido esta biblioteca es plausible y admirable. Y con bola.



Es un espacio impresionante, absorbente e hipnótico. Es un espacio de una vez, como el Guggenheim de Nueva York o el Panteón de Roma. Es arquitectura en esencia, es arquitectura de pata negra.
Es una obra magnífica. Estupenda.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Un penoso episodio

Es verdaderamente lamentable que grandes hombres que han tenido una brillante trayectoria y a quienes tanto hemos admirado se despidan con una escena lamentable.


Sentimos vergüenza ajena y pensamos con rabia que ese episodio enturbia toda una vida, y creemos que ya nunca podremos recordar a nuestro héroe nada más que por ese desafortunado incidente. (Luego resulta que no es así, que sus logros son eternos e inolvidables y los seguimos evocando siempre con admiración).
Todavía es más triste cuando el ominoso lance ni siquiera ha sido culpa suya, cuando las circunstancias lo rebasaron y cayó derrotado por fuerzas que no podía controlar.


Del grandísimo arquitecto Fernando Higueras, a quien tanto he admirado siempre y sigo admirando con fervor, recuerdo el penoso episodio del final de su carrera y de su vida. Una cosa verdaderamente pavorosa y triste.
No tengo datos suficientes, y para lo que quiero contar tampoco me merece la pena buscarlos. Los detalles no tienen mayor importancia y no tengo ganas de hurgar ni de hacer daño. Baste saber que el párroco de Nuestra Señora de Caná, de Pozuelo de Alarcón (Madrid) le encargó el proyecto y la dirección de obra del templo.
No sé si el párroco era su amigo, su pariente o qué, y ya digo que no me apetece investigar más. Sólo sé que se metió en un buen avispero sin saberlo.

Fernando Higueras dio rienda suelta a sus obsesiones, a su talento y a su sabiduría y le hizo un proyecto excesivo (muy recargado para mi gusto, pero es lo que le salió de las tripas y de las circunvoluciones de su complejísimo cerebro, y eso me llena siempre de admiración y de respeto), que el párroco aceptó de muy buen grado.

Y en seguida empezaron los problemas. Toda la obra era una compleja y muy precisa labor de ladrillería. Cuando en arquitectura se dice "compleja" y "precisa" quiere decir "cara" y "lenta".
La obra se complicaba, se ralentizaba, se encarecía.
Para colmo, el sabio arquitecto era un exigente director de obra. No le valían los albañiles al uso, que hacían vagas aproximaciones a lo que él había diseñado. Quería que las cosas se hicieran exactamente como él las había dibujado y prescrito. La cosa es evidente: Si él se había tomado la molestia de dibujarlo todo con total precisión y de calcularlo con rigor, ¿por qué los albañiles no iban a poner el mismo empeño y el mismo entusiasmo?
El arquitecto mandaba demoler paños que el constructor y el párroco veían bien ejecutados. El arquitecto se enfadaba con todos y no tenía el apoyo de nadie. (De nuevo, ay, la figura heroica del arquitecto solitario defendiendo su obra contra todos). Su cliente, hasta hacía poco tan amigable, se mostraba cada día más hostil.
La necesidad de Higueras de que la obra quedara bien se convirtió a los ojos de todos en intransigencia, en veleidad de arquitecto caprichoso, en egolatría y en pomposa vanidad.

martes, 7 de noviembre de 2017

Arte

Todos somos artistas, y lo somos todos los días y todas las horas.
Todo lo que no es natural es arti-ficial; todo lo que hacemos es arte-facto. Arte.
En ese contexto se habla del arte de la medicina o de las artes de pesca. (Y también hay quien se da mucho arte para vendernos una póliza de seguros).


Y luego está el arte "sublime", como por ejemplo el de mi padre haciéndome una mesa de dibujo articulada a partir de una vieja mesa de cocina de formica.
Arte.
Repito: Todos somos artistas. Todos hacemos arte, y lo hacemos todo el rato.
Esta vocación artística que tenemos todos se ve adulterada e incluso corrompida (a mi modesto juicio) por dos venenos: el afán de lo bonito y el éxito.
El afán de lo bonito hace que nos olvidemos de la eficacia de lo que estamos haciendo para regodearnos en su hermosura. ¿Os imagináis eso en los ejemplos que he dicho antes: las artes de pesca o el arte de la medicina? ¿Os imagináis que las guías dentadas que aplicó mi padre a la ex mesa de cocina hubieran tenido el prurito de la belleza? Un desastre.
La idea de belleza siempre ha entrado en la definición de arte de una forma u otra. De ahí viene buena parte del desconcierto en el que vivimos respecto al arte.
En cuanto al éxito, otra buena causa del desconcierto son las desorbitadas cantidades de dinero que se pagan por una mera ocurrencia. Y, claro, si nos distraemos pensando en el éxito tenemos que pensar también en su reverso: el fracaso.
Pero creo que esto no debe ser tomado en cuenta, porque si lo hacemos nos quedamos sin palabras.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Hambre

Desde que estoy en las redes ando gratamente sorprendido con mis amigos arquitectos. Son unas cuantas cascadas de entusiasmo. Unos celebran a diario los obituarios y los natalicios de nuestros santos patrones. Otros publican casas maestras todos los sábados. Otros dedican los jueves a la arquitectura. Otros glosan a grandes maestros y otros nos sacuden las telarañas con sus blogs.

No hay un segundo de respiro. Es un no parar. Tanta gente dando tanta información, tantos estímulos, tantas ideas... Tanta gente con tanta pasión por la arquitectura, con tantos conocimientos arquitectónicos, con tanta hambre de arquitectura.


¿Qué nos pasa? Somos unos apasionados, unos enamorados, unos locos de la arquitectura. Y no nos hartamos. Queremos más, más y más.
Yo he conocido en las redes, retrospectivamente, grandes arquitectos de cuya existencia reconozco que no había tenido noticia en la escuela.
Ya digo: recibo un torrente continuo de información, una corriente imparable.
Leo más sobre arquitectura que nunca en mi vida, pero es lectura de pantalla, lectura rápida, lectura sin poso y sin lápiz para subrayar, y, por el contrario, cada vez leo menos libros.

Ay, los libros. El placer de leer libros, y de leerlos con un lápiz en la mano, con un lápiz entre los dientes para sacarlo (un poco babeado) y subrayar este párrafo, y este, y este otro... A veces tantos párrafos que el subrayado es contraproducente: No puede llamar la atención sobre una idea porque todas están señaladas. Pero aun así parece que al subrayarlas -y al leerlas mientras tanto por segunda vez- se nos quedan fijadas y las saboreamos con más delectación.

El último libro que acabo de subrayar hasta lo absurdo es Hambre de arquitectura, de Santiago de Molina. Realmente es un libro que despierta el hambre. No el apetito: el hambre.
Yo soy un tragón. No sé vosotros, pero yo he tenido conversaciones sobre comida mientras comía. ¿Sabéis lo que es eso? Eso es ya patológico, puro vicio: Te estás hinchando a comer digamos paella y mientras, con la boca llena, hablas con pasión de solomillos asados. Y tus amigos te quitan la razón, y también con la boca llena de arroz -que pasan ayudados por un buen trago de vino-, te replican que unos chocos a la plancha, o unas cocochas, o unos pimientos fritos, o las croquetas de su madre. Y eso sí que no; por ahí no paso: Croquetas las de MI madre. Y etcétera. Y más comer. Y más reír. Y más beber.
¿No os ha pasado? Pues vaya. Pues qué pena. Pues a mí me pasa con cierta frecuencia. Se ve que tanto yo como mis primos y mis amigos somos incorregibles (y esféricos). Y, en otro orden, me ha pasado con este libro de Santiago de Molina. Cuantas más ideas (o estrategias) de arquitectura exponía más ganas tenía de muchas más. Y más. Pura hambre.

viernes, 27 de octubre de 2017

Carne fresca

Es impresionante la fuerza, el talento y la capacidad de entusiasmo que tenéis los jóvenes. A veces dais hasta un poco de miedo. "Esta gente nos come. Nos come por los pies y no dejan de nosotros ni la coronilla", nos decimos los veteranos cuando os vemos salir de las escuelas.
A vuestra energía terrible unís vuestra preparación. Me pasma el dominio que los jóvenes arquitectos tenéis de las herramientas gráficas informáticas, la fluidez con la que habláis inglés y otros idiomas, el dominio de técnicas paralelas y complementarias a la arquitectura, como son la construcción de maquetas, el diseño gráfico, las animaciones y vídeos... Tenéis capacidad de sobra para quitarnos cualquier encargo con razón y con méritos.
Me dais mucho miedo, que lo sepáis.
Y sin embargo os veo trabajando gratis en estudios que no os merecen, regalando vuestros conocimientos, vuestras técnicas, vuestras horas de trabajo e incluso vuestras no-horas de sueño.
¿Por qué lo hacéis?


No lo termino de entender. Acabáis vuestra carrera y estáis deseando lanzaros a la profesión. Claro que sí. Pero en vez de buscar vuestros propios clientes preferís entrar a trabajar en un estudio ya consolidado, y mucho mejor si puede ser en el de un arquitecto de prestigio. Me parece muy bien. En principio se supone que cuanto mejor sea ese estudio más y mejores trabajos hará, y por lo tanto también ingresará más dinero y pagará mejor a su gente. Estupendo.

Ah, que al parecer eso no es exactamente así. Que al parecer muchos jóvenes trabajáis gratis por tener la oportunidad de aprender.
¿Y qué es lo que queréis aprender, que se trabaja gratis?
Sabéis de sobra. No necesitáis aprender. Y, desde luego, no tenéis que aprender a preparar cafés o a hacer fotocopias.
Y si os piden ya de entrada un nivel alto de 3D y os ponen a hacer renders como locos, ¿qué es exactamente lo que os enseñan?

Como os aprecio y os veo casi como un padre os voy a enseñar lo más importante, lo único que debéis saber para siempre: EL TRABAJO SE COBRA.
Eso es lo que diferencia a un profesional de un aficionado, y nosotros somos profesionales, coño. La arquitectura es un trabajo, y los trabajos son hechos por profesionales.

Por favor, copiádmelo cien veces con pluma de ganso y hermosa tinta roja de cochinilla, y también con la mejor caligrafía de la que seáis capaces:


Hala, por mí ya habéis aprendido todo lo que teníais que aprender. No olvidéis esto nunca. Y ahora a volar. Buena suerte.

martes, 24 de octubre de 2017

Yo confieso

Cuando yo estudiaba arquitectura en la ETSAM se decía, seguramente con mucho chauvinismo, que las dos mejores torres de toda Europa estaban en Madrid, y que las dos eran del mismo arquitecto: Sáenz de Oíza.
Primero había deslumbrado al mundo con sus exuberantes Torres Blancas (que sólo es una torre y que además es gris), y más de diez años después con el sobrio y elegante Banco de Bilbao.
Las dos torres son soberbias, magníficas, pero yo confieso...


De acuerdo, no son comparables. No se puede decir cuál es la mejor torre de las dos. Sí. Sí se puede decir. Claro que se puede decir. Los críticos de arquitectura que más respeto (que me perdonen los demás) dicen que es mejor, pero mucho mejor, el Banco de Bilbao, y les entiendo. Sé por qué lo dicen y estoy a punto de decir que tienen razón. Pero yo confieso...

Yo iba a la escuela todos los días en el 12, que cruza el Paseo de la Castellana por delante del Museo de Ciencias Naturales, y entre los años 1978 y 1981 vi el Banco de Bilbao, un poco más allá, levantarse día a día. No me decía nada, y a fuerza de escuchar hablar de él en la escuela supe que era un edificio muy importante, pero la verdad es que no me terminaba de decir nada. Es demasiado seco, demasiado simple. (Si nos fijamos un poco más nos damos cuenta de que de simple no tiene nada, pero yo lo veía así).
De vuelta a casa el 12 giraba de María de Molina a Francisco Silvela muy cerca de Torres Blancas, pero no llegaba a verlas. Esas sí que me apasionaban. Con sus formas barrocas, complejas, macladas, con su riqueza escultórica, sus juegos de luces y sombras, sus curvas, sus secuencias de terrazas apiladas todas iguales pero de pronto una falla, cambia de sitio, desaparece de la serie. Series llenas de excepciones que las confirman, plantas desiguales, viviendas de tantos tipos diferentes. Todo tan complejo, todo tan difícil.
Y sin embargo el Banco de Bilbao es un tubo, un perfil extrusionado, un churro. Plof. Ya está.

La riqueza y complejidad formal de Torres Blancas y la (aparente) simplicidad del BBVA

Bueno, la cosa no es exactamente así.
Torres Blancas es un edificio magnífico, y no necesita que yo ni nadie lo defienda porque la complejidad formal, la sensualidad exuberante y la variación sobre un tema siempre son muy agradecidas.

Torres Blancas tuvo una larga gestación, durante la cual Oíza se dejó influir por variadas corrientes, estilos y arquitectos.

Laboriosos croquis buscando el camino.
Influencias de distintos arquitectos.

Vale; sí: Reconozco que el BBVA es "mejor" que Torres Blancas, más intelectual, más sofisticado, más elegante, más "limpio". Pero Torres Blancas... Ay, Torres Blancas.

jueves, 19 de octubre de 2017

El gusto combinatorio y el gusto acumulativo

Después de haber hablado de la catedral de la Almudena se me queda muy mal cuerpo porque veo que a casi toda la gente es eso lo que le gusta y me pregunto por qué. Intento entenderlo, pero no sé si sólo pienso tonterías.

Mis clientes (y supongo que los de los demás arquitectos, no voy a ser yo el único) salvo muy raras excepciones no han tenido ningún interés por la arquitectura. Tampoco tenían por qué. Casi todos se han querido hacer una casa lo más imponente y "respetable" posible dentro de sus posibilidades (y algunos por encima de ellas) y nada más. Tampoco habría que darle mayor importancia a esto. Que cada uno se haga su casa como quiera o pueda, ¿no? Los arquitectos nos ponemos muy tontos.
Casi todos mis clientes sólo han pensado en algo parecido a la arquitectura una vez en su vida: cuando se iban a hacer su casa. Venían a verme con un catálogo de elementos arquitectónicos en su mente; un catálogo muy reducido pero muy contundente, en el que estaban las formas bellas, dignas, decentes: arcos de ladrillo, chapados de piedra irregular, chapados de piedra regular (menos), columnas de granito de un orden incierto (normalmente recordando levemente el toscano), canecillos de hormigón imitando madera, salientes semihexagonales o semioctogonales en la planta del salón (y a veces en la del dormitorio principal), balaustradas de hormigón blanco y poco más.
Todos esos elementos forman parte de un inconsciente colectivo que ni siquiera se ama, en el que, ya digo, ni siquiera se piensa, pero por eso mismo se sobreentiende que es la base de la que hay que tirar sin un solo momento de duda.
Y, naturalmente, si cada elemento de esa lista tiene ya un prestigio incuestionable, cualquier combinación entre ellos tiene que tenerlo también, y cuanto más variedad combinativa haya pues mucho mejor. (Es lo que decíamos el otro día de la catedral de la Almudena).
Si todos los componentes son buenos cualquier combinación entre ellos tiene que ser buena necesariamente.

Vamos a ver un ejemplo de la verdad de esa afirmación: Si las patatas, el chocolate, el aceite de oliva, la nata montada y las anchoas son buenas una combinación de todo ello tiene que ser buenísima.
Otro ejemplo de gusto combinativo: Vamos a fijarnos en cinco chicas y cinco chicos de los más bellos del mundo. De entre ellos vamos a afinar aún más y vamos a buscar los mejores rasgos: el mejor ojo izquierdo, el mejor ojo derecho, la mejor nariz, la mejor boca y la mejor barbilla. Obviamente, la combinación de estos elementos tan depurados tiene que producir una mujer bellísima:

Charlize Theron, Claudia Cardinale, Natalie Portman,
Kim Basinger y Gene Tierney

Y un hombre hermosísimo:

Hugh Jackman, Jon Hamm, Brad Pitt,
George Clooney y José Ramón Hernández

Uf, pues no sé. No termino de verlo claro. Creo que cualquiera de las mujeres y de los hombres seleccionados es bastante más guapo que las combinaciones resultantes. ¿Cómo lo veis vosotros?