miércoles, 20 de mayo de 2015

Helecho, dime que me quieres

He estado en el mercado, y he comprado en esta carnicería:


El puesto está bastante bien: es variado y está organizado y mostrado con limpieza y esmero. Incluso el carnicero se toma la molestia de colocar entre las piezas de carne unos helechos que sugieren frescura y le dan como un aroma...
Pero al fijarme un poco mejor, al mirar una pieza para pedir, me he dado cuenta inmediatamente de que los helechos...

Detalle de la fotografía anterior

¡Son de plástico! ¡Son de mentira! Son unos arbolitos de plástico verde pinchados sobre una peana corrida de plástico incoloro.

Detalle de la fotografía anterior

La pescadería de enfrente tiene los helechos de plástico de otro tipo, más planos y grandes, como abanicos, y tumbados entre los pescados, sobre el hielo.
Son trucos que no engañan a nadie (o que engañan durante dos segundos), mentiras blancas, inocentes. Pero día a día, cuando montan sus puestos, el carnicero y el pescadero emplean un rato en poner los helechos para alegrar la presentación y para que la gente (que no queda engañada en absoluto) se sienta más a gusto y compre más.
Los políticos también nos cuentan mentiras que no creemos, y que ellos saben que no creemos, pero los seguimos votando, y las casas exhiben también engaños ingenuos que no se traga nadie, pero no por ello se van erradicando. Al revés: gozan de muy buena salud y cada día hay más.

viernes, 15 de mayo de 2015

Escaleras, funciones oblicuas y viajes interdimensionales

Dedicado a Alfredo Aviñó: @alfavino

La mayoría de edificios que habitamos y que concebimos son ortogonales: El plano horizontal es el ámbito habitable, y a su vez varios ámbitos habitables se apilan en vertical. Todo ello está causado por la gravedad. Es así de sencillo y no hay muchas más vueltas que darle: La gravedad hace que podamos habitar planos horizontales con comodidad, y que las columnas y muros que soportan el peso de colocar unos planos sobre otros trabajen en vertical, transmitiendo las cargas hasta el suelo.

Claude Parent y Paul Virilio, Les inclisites, 1968
Maqueta de madera

Los arquitectos Claude Parent y Paul Virilio, conscientes de esta dictadura de la ortogonalidad, buscaron una nueva expresión espacial para el tiempo actual (años 1960s), y acuñaron el término de función oblicua. Para ellos, esa oblicuidad podría ser el signo de nuestra época.
La oblicuidad habla de la inestabilidad, liga los espacios de forma dinámica y obliga al usuario a replantearse las cosas, a re-habitar el espacio, a vivir en el filo... y a andar con cuidado.
La función oblicua se queda en el terreno teórico, puesto que es muy difícil llevarla a la práctica de forma extensa y generalizada. De su brillante propuesta nos queda una colección de dibujos y maquetas y unos pocos (muy pocos) y fascinantes espacios realizados.

Tal vez otro día hablemos aquí de la obra de Parent y Virilio y de la función oblicua, pero lo que hoy quisiera señalar es que en nuestros espacios ortogonales cotidianos, por más anodinos que sean, siempre hay una función oblicua que se escapa, que va a su bola y que pertenece a otra realidad: la escalera.

Mi amigo virtual (ya está bien de ser virtual: A ver cuándo nos damos un abrazo y nos tomamos unas cervezas) Alfredo Aviñó García, tiene un "tablero" en Pinterest dedicado a las escaleras, donde hay algunas fantásticas. (Clicad aquí). Muchos otros arquitectos cuelgan en twitter y en facebook fotografías de escaleras. ¿Qué tienen las escaleras que nos llaman tanto la atención?
Pues que para unir planos horizontales superpuestos utilizan la función oblicua. Esto hace que se salgan del sistema para volver a él, que utilicen una dimensión diferente, como ocurría en la Planilandia de Edwin Abbott, y que generen magia.

Carl Sagan explica la Planilandia de Edwin Abbott

(Bueno, tal vez con este vídeo me he pasado un poco, pero es que está tan bien... Yo sólo quería decir que la humilde escalera, con su función oblicua, salta de un plano horizontal a otro, y nos da el mismo susto que le dio la manzana al cuadrado).

sábado, 9 de mayo de 2015

Fernando Galindo


En esa obra maestra escrita por Rafael J. Salvia, Pedro Masó y Vicente Coello y dirigida por José María Forqué que es Atraco a las tres uno de los personajes se desvive por una cliente muy atractiva.


El personaje es Fernando Galindo, encarnado por José Luis López Vázquez. Es un probo empleado de banca (que está harto de ser probo), que vive en un ambiente paleto y sueña con más, con mucho más.
De entre la clientela habitual y aburrida de esa sucursal habitual y aburrida destaca una mujer fascinante. Cada vez que entra por la puerta, Fernando Galindo se tira a sus pies declarando: "Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo".


Ese ha sido mi grito de guerra durante años ante mis clientes.
Bueno, no me atrevía a decírselo a la cara, pero cada vez que me despedía de ellos lo decía mentalmente para mí (y a veces en voz alta cuando no me oían): "José Ramón Hernández, un admirador, un amigo, un esclavo un siervo", degustando la primera sílaba de sieerrr-vo, casi balando ovejilmente.
En el servilismo del Fernando Galindo de la película había un claro componente sexual. En mi caso era algo puramente comercial.
Ya lo he contado más veces, y supongo que lo volveré a contar otras cuantas: Los arquitectos necesitamos a nuestros clientes. Trabajamos para ellos, cumpliendo sus encargos lo mejor que podemos.
Vaya por delante mi gratitud y mi simpatía por todos mis clientes: Ellos no tenían por qué estar formados en diseño arquitectónico, ni especialmente sensibilizados por él, pero yo sí. Confiaron en mí. Y yo debería haberles ayudado más de lo que lo hice. Yo tenía que haberles dado la mejor arquitectura de que hubiera sido capaz. Es cierto que la mayoría me lo ponían muy difícil, anclados en prejuicios muy profundos y completamente antiarquitectónicos, pero a pesar de todo siento que lo podría haber hecho mucho mejor.

jueves, 30 de abril de 2015

Que se la queden

Esto de vivir en un despropósito continuo hace que uno se acostumbre, que compruebe día a día que la bajeza que creía insuperable es superada de nuevo y que ya no le sorprenda nada de nada.
Hace tiempo glosé aquí cómo la ínclita Doñaespe deseaba la muerte de los arquitectos en general y de los buenos en particular.
Pues ahora que esa personaja aspira a la alcaldía de Madrid y que, por lo tanto, se presupone que quiere lo mejor para la ciudad y sus habitantes, descubrimos que no, que lo que quiere es que la ciudad quede cuca para los turistas. Los habitantes, especialmente si son pobres, harían bien en morirse o, al menos, en marcharse a otro sitio.


No entro en la cuestión de fondo, en la falta de empatía y de com-pasión de esta politicastra por sus (supuestos) congéneres y conciudadanos. No profundizo en su carácter psicópata, que le impide ponerse en el lugar de los demás y "sentir" sus sentimientos. Tampoco menciono su bajeza moral ni su desfachatez, su maldad y su crueldad.
Tampoco quiero valorar el sistema económico y moral que primero ha dejado gente a merced de la intemperie, y después les pide que se escondan, que se mueran, que se desintegren porque hacen mal efecto.

Quino. Mafalda

No. Cierro los ojos y no quiero ver eso. (Mucha gente mucho mejor que yo ya ha comentado esos aspectos del problema). Yo quiero hablar de urbanismo.

¿Qué es la ciudad? ¿Qué son los espacios urbanos? ¿Son residuos que quedan entre los edificios? ¿Son espacio? ¿Son espacio público? ¿Son sitios? ¿Son fértiles o estériles?
Civilización viene de civis. En la ciudad es donde nace la relación social, el intercambio de ideas, el enriquecimiento social, el progreso. Y eso no ocurre en la casa de Fulano o de Mengano, sino en el ágora, en el espacio público.

Manuel Delgado, El espacio público como ideología
(Clica aquí y lee la reseña)

Para muchos, el espacio privado es nido y refugio, morada segura, y el espacio público es selva y peligro. Y, todavía peor, para muchos el espacio público es innecesario. Las casas están cada vez más dotadas para no necesitar nada exterior. Una vida plácida y feliz es la que no te exige salir a la calle.
En la calle sólo pasan cosas malas y la gente huele mal.
Además, el espacio público no es lucrativo.

miércoles, 22 de abril de 2015

Smart-todo

En este mundo de smart-phones, domótica, coches que aparcan solos, smart-tv, asientos ergonómicos, autocorrectores de textos, etcétera, las personas ya no tenemos que hacer nada. Tampoco tenemos que saber nada: Si escuchamos el nombre de un filósofo húngaro del S.XII lo tecleamos en nuestro smart-phone y en el acto leemos en la wikipedia la fecha de su nacimiento y de su muerte, sus escritos más notorios y un resumen de sus principales ideas. Y cerramos el aparato y seguimos sumidos en nuestra vastísima y bastísima ignorancia.
Todo es inteligente, todo es smart; menos nosotros. Tenemos tantas cosas programadas para pensar por nosotros que nos hemos quedado sin la necesidad (ni las ganas) de pensar.
Recuerdo cómo conocí la palabra smart. No sabía que era un adjetivo. La conocí como apellido: el de Maxwell Smart.

Maxwell Smart, el Superagente 86

Cuando lo entendí al fin (décadas después, y gracias a un modelo de automóvil) me gustó mucho retrospectivamente la elección del nombre de uno de los mayores héroes de mi infancia.
Como vengo diciendo, hoy todo es smart, pero hay unas smarts que quizá no conozca aún mucha gente, y que a mí me fascinan por lo que tienen de metáfora de nuestras cada vez más estúpidas vidas: las smart-windows.

Retrocedamos unos años, y vayamos a un país extraño, remoto, casi mítico (o tal vez mitológico), cuyo nombre no diré porque pertenece al mundo de los sueños y de las ilusiones más entrañables y recónditas.

En ese beatífico y mirífico país el gobierno mandó redactar un código técnico de la edificación, que compendiara todo lo compendiable de todas las arduas materias que tenían relación con la construcción de edificios.
Para hacer tan monumental código partieron de dos premisas no sólo plausibles, sino emocionantes:

1.- El código abarcaría todos los campos posibles, y de cada campo se encargaría un equipo de sabios.
2.- Los equipos estarían separados entre sí. No habría ningún contacto entre ellos.

¿Se puede ser más listo? ¿Puede haber un país con mayor smart-government?

Así, un equipo empeñado en que los edificios no perdieran calor por ningún sitio exigió que las ventanas (en ciertas zonas climáticas) fueran herméticas, mientras que otro consagrado a que la calidad del aire fuera idónea y a que se renovara continuamente y no se produjeran condensaciones exigió agujeros siempre abiertos en las fachadas de todas las habitaciones.

Como había que cumplir ambas condiciones, era necesario instalar ventanas herméticas en una pared con agujeros. ¡Sólo con recordar ese momento se me saltan las lágrimas! Es una de las experiencias más poéticamente surrealistas que he vivido. Un país que legisla esas cosas merece un puesto de honor en la historia.

Como los agujeros no tenían por qué estar necesariamente en las paredes, se pensó hacer ventanas herméticas pero con agujeros en los marcos.


Y luego dicen que el urinario de Marcel Duchamp es una obra maestra del surrealismo. ¡Pues anda que la ventana hermética con bujero!


El equipo de sabios que velaba por que no perdiéramos calorcito exigía (ya lo hemos dicho) que la ventana fuera hermética, mientras que el otro equipo que quería que respiráramos aire limpio y que no se produjeran condensaciones prohibía que esas rejillas pudieran cerrarse.
Solución: Unas ventanas carísimas que no servían para nada.

miércoles, 15 de abril de 2015

Aburrimiento. Desánimo

Nos lo estábamos temiendo y al final parece que la cosa es ya inminente. Hasta mandé una protesta al Ayuntamiento de Madrid, un mero recurso al pataleo. Me contestaron con muy buena educación diciéndome que me tomara algo, o que me diera un tripazo contra el suelo. Todo da igual. Nada sirve para nada. Qué aburrimiento. Qué desánimo.
Hace unos días he visto en EL PAÍS un artículo que decía que la cosa ya va en serio, y aquí os lo pongo por si lo queréis leer.

La cosa de Emilio Ambasz en el Paseo del Prado de Madrid

Parece mentira de qué forma tan estúpida se le puede vender una moto al que probablemente tenga el dudoso honor de ser el consistorio local más tonto y más patán de todas las capitales europeas.
Un espabilao, un arquitecto mediocre pero socialmente exitoso y políticamente apetecible como Emilio Ambasz, que ha tenido a veces intuiciones arquitectónicas interesantes, pero a mi juicio no las ha sabido desarrollar, ha parido una idea muy ambigua: Hacerse un automuseo de la Arquitectura, de las Artes, del Diseño, del Urbanismo y de los Afinadores de Pianos, donde se homenajeará a los grandes artistas mundiales, entre los que, naturalmente, está él mismo.
Un museo sin programa, sin estructura, sin argumento. Tendrá unas maquetas y unos paneles de los más grandes arquitectos: Le Corbusier, Mies, Wright, Ambasz... Vamos, túyamentiendes.

Emilio Ambasz

Para hacer semejante parida se carga un edificio protegido. Qué más da.
A lo mejor usted quiere poner una peluquería por allí y le vuelven loco con el tamaño de la primera P del rótulo ("Peluquería López"), con la rejilla del aire acondicionado y con el color y la tupidez del cierre enrollable. Pero a Don Emilio le dejan que derribe un edificio protegido, completo, y que levante en su lugar una mierda pinchada en un palo.

Perdón por la grosería. Pretendo ser un crítico medianamente serio de la arquitectura y debería utilizar un léxico más apropiado y adecuado. Perdón.
Lo que quería decir, y ahora hago un análisis de las informaciones gráficas y programáticas de que dispongo, es que el proyecto de Museo de Ambasz es una obra arquitectónica cuya estructura espacial y plástica, tanto desde el punto de vista fenomenológico como incluso desde el punto de vista epistemológico-crítico, es una señora mierda pinchada en un señor palo. Así está mejor.
Y con jardín vertical. Naturalmente. ¿Cómo hacer hoy un edificio sin jardín vertical?
(Hasta el jardín vertical es una mpeup, comparado con el del CaixaForum de al lado).

¿Por qué se le deja a este señor hacer este edificio? ¿Por qué a nadie más le habrían dejado ni tocar una cornisa, una jamba o un dintel del edificio actual y a este señor le dejan derribarlo impunemente?
¿Qué concurso ha ganado Ambasz para poder hacer esa cosa? Ah, que no, que es una cosa privada, que es suya y no necesita concurso. ¿Entonces por qué el Ayuntamiento de Madrid le hace la cesión de ese solar?
Por muy privada y muy particular que sea la "Peluquería López" al señor López no le dejan tocar ni un ladrillo del edificio protegido, y menos le dejan tirar un edificio de propiedad pública para cederle el solar ad eternum. (Está bien: ad multo tempore).

Vamos, lo de siempre: Todos los demás tenemos que correr siempre la Maratón con los clavos de las zapatillas hacia adentro y con la boca llena de polvorones, mientras que unos pocos privilegiados la hacen en Rolls Royce, bebiendo champagne en el asiento de atrás, tapizado con piel de lomo de ternera virgen.

sábado, 11 de abril de 2015

Adversarios y socios (ante esqueletos de dinosaurio)

Uno de mis escritores favoritos (y de muchísima gente) es Raymond Carver. Es un cuentista estadounidense muy en la tradición de allí. Al menos a mí su aliento me trae un aroma lejano a Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Scott Fitzgerald... y mucho más cercano a McCullers, CapoteCheever...
Pero, a mi juicio, ese aroma es llevado a la máxima evocación e intensidad por Carver. Me parece extraordinario.


Carver no cuenta historias redondas, como tampoco lo hacen sus compañeros de oficio y de "escuela". Él va más allá y ni siquiera cuenta historias. Pero crea un ambiente, una sensación, un aire que nos hace entender y vivir esas vidas que nos muestra. Podemos no ser alcohólicos, y de repente en una página no es que entendamos al personaje alcohólico, es que entramos en él y somos él. Podemos ser solteros, o estar feliz y apaciblemente casados, y sin embargo una secuencia de párrafos o de frases sueltas nos hace sentir la soledad, el rencor o el fracaso de un divorciado que sigue amando a su ex mujer y que, sencillamente, tiene que contarle una cosa importante pero ya sabemos que no se la va a contar.
¿Cómo logra Carver llevarnos a esa desolación, a esa poesía tierna y levemente sórdida? Pues con sus armas: con las palabras. Sus palabras desnudas, cínicas y al mismo tiempo tiernas nos emocionan de una manera inigualable ante la más anodina de las historias. Ni siquiera son historias: Son fragmentos, son perspectivas deshilachadas e inconexas. Son situaciones que no entendemos cómo han llegado hasta aquí ni cómo van a desarrollarse después, pero que, en el breve fragmento al que nos asomamos como testigos, nos tocan y nos transforman.
Y, sin embargo, ahora sabemos que ese laconismo literario, esa precisión de picapedrero, no eran cualidades suyas, sino de su editor.
En este artículo Francisco Corrales nos cuenta que, por poner sólo un ejemplo, la frase "John subía la escalera camino de su habitación", que muestra en su desnudez y en su simplicidad cuánto nos gusta Carver, podría haber sido "John ascendía con paso firme sobre el esqueleto de madera de un dinosaurio cuyo lomo barnizado comunicaba el hermoso salón con el cuarto del sueño donde una reparadora cama acunaría su exhausto corazón" si el editor Gordon Lish no lo hubiera evitado.
Tenemos al editor como enemigo necesario del escritor, como terapeuta o como "torturador".
-Por favor, Gordon, no me taches lo del esqueleto del dinosaurio. Es un hallazgo fantástico.
-Es una mierda, Raymond, y lo sabes. Fuera.
Y el esqueleto iba fuera, y se iba creando la literatura más fascinante de los últimos tiempos.
Es curioso, porque Lish le tachaba a Carver, pero él era incapaz de escribir nada bueno. Necesitaba al verborreico Carver para, quitándole la verborrea, hacer algo tan grande y tan extraordinariamente bueno.

Todo esto lo sabemos porque un escritor tan excepcional, que vivió tan poco tiempo y escribió tan poco, nos dejó a todos con la miel en los labios y con ganas de más. Tras su muerte sus allegados revolvieron sus cajones y dieron a la imprenta toda la basura que encontraron.
Entre otros "tesoros" se publicó Principiantes, que es la versión previa, palabrera y poco equilibrada de De qué hablamos cuando hablamos de amor, que es la obra maestra depurada por Lish. (Por los títulos respectivos parecería lo contrario). Ahí podemos ver la fecunda labor de poda y de siega del editor.

Uno de los mayores crímenes de la historia del cine es el que los productores perpetraron contra El Cuarto Mandamiento (Los Magníficos Amberson) de Orson Welles.


Los productores metieron mano vilmente a la película, le quitaron cuarenta y cinco minutos centrales, donde está el cogollo de toda la trama, y filmaron una secuencia final sin contar con Welles, resolviendo la historia como les dio la gana.
Con todo, la película les quedó con 131 minutos, y tras los horribles fracasos de los pases previos se redujo a 88 minutos.
El resultado es un mejunje mutilado que no cuenta casi nada de lo esencial y desde luego nada de lo anecdótico o complementario.
Vamos: El resultado es un crimen.
Y sin embargo a mí me gusta. Me gusta mucho. Me parece una película magnífica.